
A JOSÉ LUIS PERIS, ALMA GRANDE, DESDE MI AFLICCIÓN
Evocando nuestra entrañable amistad
Conversaciones
(In Memorian)
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
M. Hernández.
(In Memorian)
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
M. Hernández.
Compañero, amigo, hermano… pobres expresiones para proclamar lo que fue nuestro aprecio, habría que inventar palabras nuevas para poder expresar nuestra estima.
Aun me parece verte Sentado en el sillón de la pequeña habitación donde me ocupo de mis cosas. ¡Cuánto tiempo compartido!, ¡cuántas horas dialogando!, ¡Cuantas confidencias reveladas!; concluyendo en el asombro mutuo de adivinar lo relativo del tiempo cuando se vive con intensidad.
Conversaciones en las que, poco a poco, rompiendo lo secreto, fuimos descubriendo nuestro interior. Todas las personas tenemos sagrarios intocables en lo más profundo de nuestro ser, tú los fuiste abriendo, regalándome tus sentimientos, tus razonamientos, tus dudas y deseos. Sin prisa, como deslizándonos por el filo de una navaja, fuimos vaciando nuestra intimidad desde la mutua confianza, abriendo nuestros corazones, sintiendo como, al anudar sentimientos, nos convertíamos en hermanos.
Tuviste… ¡Tienes!, un alma grande, un alma grande que te impulsaba a la creatividad: Aún, en los momentos de quieta soledad percibo tu voz recitándome tus poemas con ese tono emotivo que la alteraba. Expresiones vibrantes, tiernas; retazos de tus sentimientos hechos palabra… Te hacía feliz conversar sobre tu novela: “Universos en deriva”, al referirte a ella el tono de tu voz se apasionaba en un continuado crescendo enhebrando el argumento sobre su estructura, los tiempos y los personajes; querías reunir en ella todo un mundo imaginario transitado por personas concretas, con sus aciertos y desvaríos. Después, con la misma ilusión y soltura que un niño cambia de juguete, deslizándote por tu creatividad te pasabas al arte y me hablabas de tus cuadros, de perspectivas, encuadres, colores…
Si. También conversamos mucho sobre la fe. “¿Por qué me produce tanto entusiasmo la proclamación del Credo en la Misa? ¿Qué diferencia hay entre espíritu y alma? ¿Cómo será la existencia eterna en el País de la Vida? ¿Por qué el sufrimiento?...interrogabas, y yo, queriendo revivir un dialogo imposible desde mi condición, te pregunto ¿Cómo vives las respuestas?
Ahora me llevas ventaja, pues ya tienes la contestación sobre la última cuestión que nos inquietaba: la eternidad. Para ti se han rasgado ya todos los tupidos grises que transitaban por nuestras conjeturas. Ahora posees la verdad absoluta en la que yo creo, y tú disfrutas.
Consecuente en esa fe que se fortalecía en ti y atendiendo mi sugerencia, te integraste en la Comunidad Parroquial como Lector, ministerio que considerabas misión de profeta; pensabas, que el proclamar desde el ambón, la Palabra de Dios ante la asamblea parroquial, te determinaba a llevar una vida consecuente. Entonces, te reconocías indigno y me hablabas de tus miserias, yo, te descubría mi condición y argumentaba con cierto desconcierto: “Todos somos indignos pero necesarios para trasmitir la fe”. Pero lo que apartaba definitivamente tus reservas era considerar, la proclamación de la Palabra, como un servicio a tu Comunidad Parroquial. Amigo José Luis, Siempre admiré tu gran respeto por el Ministerio de la Palabra
Algunos de los que se relacionaron contigo coinciden en que tu paso por sus vidas, no les dejo indiferentes, tal vez porque jugabas, sin malicia, a lo políticamente incorrecto, juego temerario en esta sociedad de lo relativo y “correcto”; si alguien se distanció de ti fue porque ignoraba tu grandeza de alma. Te haré una confidencia que te alegrará, el día de tu transito varias personas desahogaron entre sollozos sus conciencias derramando sus aflicciones en mis oídos y dedicándote lo mejores elogios. Puedo asegurarte que eran sinceras; y a mí, de paso, me hicieron mucho bien por el significado de esa actitud de humildad y reconocimiento y porque entendí que aunque en dimensiones distintas, sobre esas palabras que brotaban del arrepentimiento y la congoja se posaba tu perdón y estima, cerrando los posibles malos entendidos, propios, ya ves, de la condición humana de la que definitivamente te has desprendido.
Te fuiste liguero de equipaje. Acababas de encontrar lo que tanto buscabas y ya no necesitabas de casi nada; ante la bifurcación de los caminos de tu vida renunciaste a todo lo innecesario: política, reconocimientos, deseos trasnochados… sólo metiste en tu mochila la familia, unos pocos tesoros de amistad y tu espíritu creativo. Lo demás, me decías, son lastres; y en ese momento de paz, y esperanza, ese Dios, al que tanto buscaste salió a tu encuentro colmando toda tu ansia de búsqueda de la verdad. (El Señor tiene esas formas inquietantes de hablarnos, de “escribir recto con los renglones torcidos”). José Luis, sé que no temías a la muerte, estabas ante ella con lo necesario y el Señor espero ese momento.
Días antes de tu partida a la Casa del Padre, recuerdo que me hablabas de tu enfermedad con cierta ironía, y añadías: “me alegraría que comprendieras que no me preocupa excesivamente la muerte, me preocupa mi conciencia, la paz interior, dar lo mejor de mí a mi familia a mis amigos, eso me hace estar tranquilo, sereno ante un posible fallecimiento…” Confidencias de una gran persona.
José Luis, amigo, tu gran lección fue enseñarme que la vida ha tenido sentido si la has vivido para aceptar dejarla sin miedo, con la conciencia limpia, y acogiendo su final como el comienzo a una existencia inmortal en el País de la Vida, en la que ya te adivino en presencia de un Padre misericordioso. ¡Qué gran lección amigo, al abrir más si cabe, mi esperanza!
Tal vez, el mejor panegírico que nadie podía pronunciar por ti, latía escrito en unos apuntes que el azar dispuso ante mi mirada en un sencillo bloc que dejaste en tu mesa de trabajo, sobre los cuadernos manuscritos donde pergeñabas tu novela “Universos en Deriva” Las notas estaban escritas recientemente y son el testimonio de un gran espíritu, de una vida vivida con sentido:
Gracias Dios mío por los padres que me diste.
El Señor me ha dado una esposa buena.
El Señor me ha dado buenos hijos.
El Señor me ha dado excelentes hermanos.
Señor, gracias por ayudarme a ganarme el sustento.
Gracias, Dios mío, por devolverme la fe.
Amigo José Luis, quiero convocarte a la cita eterna, para seguir hablando de las cosas que sin conocer creíamos, y ya conocidas nos gloriaremos juntos; sonrientes, afrontaremos esa inmortalidad sobre la que tanto debatimos, y, quiero hacerlo, como en la entradilla, con los versos de tu valorado, Miguel Hernández
A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
E. P.