Mi abuelo Ramón
Ernesto Perales Alcover
Ernesto Perales Alcover
Me propongo hablar de mi abuelo, en primer lugar porque
quiero guardar por escrito alguno de los recuerdos tan entrañables que velan mi memoria
sobre él, y que conservo casi desvanecidos en el tiempo,
y también, porque tuvo la grandeza y
valentía de marchar a "hacer las américas" movido por la necesidad de
su familia, por todo eso, y además, porque sencillamente fue un hombre de pueblo, uno de tantos
millones que no figuraran en nada, pero sin los cuales el mundo se hubiera
detenido. Hombre sencillo, abnegado, trabajador y honrado que merece de mi: respeto, veneración
y cariño.
Mi abuelo, era un hombre
serio, poco hablador, se reía muy de tarde en tarde y cuando lo hacia era una risa
socarrona y discreta, casi silenciosa, si bien, a nosotros nos regalaba a menudo su franca sonrisa. Era
alto, ligeramente encorvado. Su voz, aunque era grave, tenía un matiz distinto
cuando se dirigía a los nietos.
De él, como decía, guardo tenues recuerdos, todos
entrañables. Los recuerdos son frágiles
lazos que nos llevan al pasado desdibujando la realidad apenas retenida;
en ese ejercicio especulativo siempre hay momentos que perduran como sellados
en nuestras mentes. Lo primero que evoco
es su omnipresente figura trajinando en
sus quehaceres por las estancias de su casa. Era una vivienda sencilla, de
campesino humilde, tenía el soleado corral, poblado de conejos, la cuadra del
borrico, la “pallissa”…, lugares recorridos en mis juegos al escondite con mi
hermana.
Aún retengo en mi memoria, en el frio invierno, la
lumbre en el hogar. Mi abuelo sentado en una silla bajita de asiento tejido en
cuerda. Yo, me acurrucaba en el suelo entre sus piernas y él apoyando sus
cansados brazos en las rodillas dejaba caer sus enormes manos desvanecidas
entre aquella llama intensa que brotaba de las retorcidas cepas de la vid, y mi
mirada. Sus dedos, se confundían con los sarmientos que consumía el fuego. Aun
hoy me impresiona recordarlas, colgando sobre mi cabeza. Manos callosas, duras,
extenuadas por el continuado nudo sobre
herramientas, pero que sin embargo, parecían
envueltas de blando algodón en la
forma suave y delicada de cogerme al subirme a lomos de su burro. Recreando su
figura en la memoria, me parece verlo, ya en su ancianidad, cuando las
limitaciones lo habían acorralado casi a la inmovilidad, sentado al sol, con el
garrote entre sus largas piernas sosteniendo sobre su empuñadura sus cansadas
manos y con la mirada “perdida” en Dios sabe que ensoñaciones.
Antes
de ir a Cuba, mi abuelo se ganaba la vida, de jornalero-temporero, (oficio que
describe magistralmente Ignacio Aldecoa en su narración: “Seguir de pobres”).
En verano, subía a la Mancha a segar el trigo que crecía en tierras
resecas y bajaba a los humedales de la
albufera a la siega del arroz, aprovechando los entre tiempos de temporada,
para trabajos de bracero en el campo. De vez en cuando, surgía algún contrato de
peón en importantes obras. Cuando se enteró de la oportunidad de emigrar a Cuba, estaba trabajando en el túnel
ferroviario fronterizo de Canfranc.
Allí,
escuchando a unos comisarios captores de
mano de obra barata, tomó conciencia por primera vez, de la viabilidad de huir del círculo vicioso en el que estaba
encerrado. Estos comisionados tenían retribución de las navieras, en un
porcentaje sobre el precio del billete y otra comisión de los terratenientes en
destino. Eran personas sin escrúpulos que buscaban en los centros donde, por la
envergadura de la obra, se concentraban multitud de jornaleros mal pagados que
reunían en asambleas donde les explicaban las ventajas de emigrar a América. Engañaban
a los pobres hombres asegurándoles una travesía esplendida y un futuro que les permitiría
solucionar sus vidas y las de los suyos. Mi abuelo, escuchándoles sintió la
tentación de romper con todo y vivir la singular gesta de marchar de emigrante
a tierras lejanas.
En
aquellos años se acentuó, desgraciadamente, el fenómeno social de la
inmigración española, especialmente dirigida a América; países como Argentina,
Venezuela, Estados Unidos, o cuba, a donde llego mi abuelo en el año 1.920,
eran los países destinatarios del trabajo y la ilusión de tantos españoles,
que, como él, fueron a dar lo mejor de sí
en extrañas haciendas, con sus mentes atestadas de interrogantes, sus maletas
llenas ropas usadas y el corazón abierto a la esperanza.
Mi abuelo, se fue dejando a mi abuela con dos hijas
de corta edad y un hijo más pequeño. No sin antes pedir prestadas las 500 pts. necesarias
para costearse el pasaje, todo un
capital en aquella época. Aquí quedó también parte de él, arraigada en el
ambiente que frecuentaba, sus amistades, su tierra, las costumbres; en
definitiva, lo que tan hondo significado afectivo tiene para un emigrante: su
pueblo. A todo renunció, dispuesto a una aventura llena de esfuerzo y lucha,
alentado por la necesidad de los suyos.
Aun
que poco hablador, en la vejez le dio por contar sus andanzas por Cuba. Le escuche
narrar sus recuerdos del viaje: una dura experiencia sufrida como un calvario
durante 26 días. Mal alimentados y hacinado en la cubierta del barco junto a
otros que, como él, querían probar mejor fortuna. No menos dura sería su estancia en la isla.
Apenas
llegó a Cuba se vio aquejado de enfermedad, como consecuencia, permaneció
confinado en el barracón junto a otros dos españoles enfermos como él. Les atendía
una mulata, que cuidaba de ellos y que
mostraba todo su carácter para obligarles a tomar las dosis diarias de quinina, único
medicamento para combatir las altas y persistentes fiebres. Tres meses estuvo
en esa circunstancia. Restablecido, se reincorporó a los trabajos en la
plantación de caña de azúcar. Por supuesto, se le descontó de su sueldo los gastos de la
enfermedad.
A mi abuelo le hacía mucha gracia el ascenso de
clase y consideración en que los cubanos trataban a los españoles, pues cuando
se dirigían a estos acompañan al nombre, con el prefijo “Don…”, la distinción del tratamiento, era una paradoja entre
iguales en miseria. En España Jamás le habían tratado con aquel distintivo de cierto
rango, y en cuba, sin dejar de ser un simple bracero, le obsequiaban
insistentemente con el tratamiento de
“Don ramón”
Como buen bracero del campo, despertaron interés las
plantas y los cultivos de la tierra, por lo que se trajo una buena variedad de semillas
envueltas cuidadosamente en bolsitas de plástico. Pero solo fue una vana
ilusión. Plantadas estas, no tuvo la suerte de que tan solo una llegará a
germinar.
Ya Cercana su muerte. Encima de una silla al lado de
su cama, vi un artilugio que me sorprendió, eran unas piezas de madera unidas a
unas correas de piel con hebillas. Le pregunte a mi madre por aquello, y me
explicó que el abuelo por su duro trabajo se había herniado dos veces, y para
sostener la salida de sus tripas que le surgían en la ingles produciéndole un
gran dolor, se valía de aquel dispositivo para retenerlas. Me impresionó mucho
saber que durante la mayor parte de su vida estuvo trabajando duramente con
aquella condición que tanto le debió de hacer sufrir en su duro trabajo.
Podría decir muchas mas cosas de mi abuelo. Este es
un pequeño homenaje desde mi gratitud y afecto no sólo a él, sino a tantos
valladinos, que como él, solo tuvieron una oportunidad: la de trabajar al filo
de la indignidad por cubrir tan solo las necesidades primarias de su familia.
Mi abuelo estuvo 3 años en Cuba. Volvió con
suficientes ahorros para comprar la casa y un pocas hanegadas de tierra.
Podía seguir hablando de muchas cosas más sobre mi
abuelo, pero una vez rendido este pequeño homenaje, considero cumplido mi
propósito.
