martes, 1 de mayo de 2012

Pie de foto


Mi abuelo Ramón


Ernesto Perales Alcover

Me propongo hablar de mi abuelo, en primer lugar porque quiero guardar por escrito alguno de los  recuerdos tan entrañables que velan mi memoria sobre él,  y que conservo casi desvanecidos en el tiempo, y también, porque tuvo la grandeza  y valentía de marchar a "hacer las américas" movido por la necesidad de su familia, por todo eso, y además, porque sencillamente  fue un hombre de pueblo, uno de tantos millones que no figuraran en nada, pero sin los cuales el mundo se hubiera detenido. Hombre sencillo, abnegado, trabajador y  honrado que merece de mi: respeto, veneración y cariño.

Mi abuelo, era un hombre serio, poco hablador, se reía muy de tarde en tarde y cuando lo hacia era una risa socarrona y discreta, casi silenciosa, si bien, a nosotros  nos regalaba a menudo su franca sonrisa. Era alto, ligeramente encorvado. Su voz, aunque era grave, tenía un matiz distinto cuando se dirigía a los nietos.

De él, como decía, guardo tenues recuerdos, todos entrañables. Los recuerdos son frágiles  lazos que nos llevan al pasado desdibujando la realidad apenas retenida; en ese ejercicio especulativo siempre hay momentos que perduran como sellados en nuestras mentes. Lo primero que  evoco es su omnipresente  figura trajinando en sus quehaceres por las estancias de su casa. Era una vivienda sencilla, de campesino humilde, tenía el soleado corral, poblado de conejos, la cuadra del borrico, la “pallissa”…, lugares recorridos en mis juegos al escondite con mi hermana.
Aún retengo en mi memoria, en el frio invierno, la lumbre en el hogar. Mi abuelo sentado en una silla bajita de asiento tejido en cuerda. Yo, me acurrucaba en el suelo entre sus piernas y él apoyando sus cansados brazos en las rodillas dejaba caer sus enormes manos desvanecidas entre aquella llama intensa que brotaba de las retorcidas cepas de la vid, y mi mirada. Sus dedos, se confundían con los sarmientos que consumía el fuego. Aun hoy me impresiona recordarlas, colgando sobre mi cabeza. Manos callosas, duras, extenuadas  por el continuado nudo sobre herramientas, pero que sin embargo, parecían  envueltas de blando algodón en  la forma suave y delicada de cogerme al subirme a lomos de su burro. Recreando su figura en la memoria, me parece verlo, ya en su ancianidad, cuando las limitaciones lo habían acorralado casi a la inmovilidad, sentado al sol, con el garrote entre sus largas piernas sosteniendo sobre su empuñadura sus cansadas manos y con la mirada “perdida” en Dios sabe que ensoñaciones.

Antes de ir a Cuba, mi abuelo se ganaba la vida, de jornalero-temporero, (oficio que describe magistralmente Ignacio Aldecoa en su narración: “Seguir de pobres”). En verano,  subía a la  Mancha a segar el trigo que crecía en tierras resecas  y bajaba a los humedales de la albufera a la siega del arroz, aprovechando los entre tiempos de temporada, para trabajos de bracero en el campo. De vez en cuando, surgía algún contrato de peón en importantes obras. Cuando se enteró de la oportunidad de emigrar a  Cuba, estaba trabajando en el túnel ferroviario  fronterizo de Canfranc.
Allí, escuchando a unos  comisarios captores de mano de obra barata, tomó conciencia por primera vez, de la viabilidad de  huir del círculo vicioso en el que estaba encerrado. Estos comisionados tenían retribución de las navieras, en un porcentaje sobre el precio del billete y otra comisión de los terratenientes en destino. Eran personas sin escrúpulos que buscaban en los centros donde, por la envergadura de la obra, se concentraban multitud de jornaleros mal pagados que reunían en asambleas donde les explicaban las ventajas de emigrar a América. Engañaban a los pobres hombres asegurándoles una travesía esplendida y un futuro que les permitiría solucionar sus vidas y las de los suyos. Mi abuelo, escuchándoles sintió la tentación de romper con todo y vivir la singular gesta de marchar de emigrante a tierras lejanas.

En aquellos años se acentuó, desgraciadamente, el fenómeno social de la inmigración española, especialmente dirigida a América; países como Argentina, Venezuela, Estados Unidos, o cuba, a donde llego mi abuelo en el año 1.920, eran los países destinatarios del trabajo y la ilusión de tantos españoles, que, como él, fueron a dar lo mejor de  sí en extrañas haciendas, con sus mentes atestadas de interrogantes, sus maletas llenas ropas usadas y el corazón abierto a la esperanza.

Mi abuelo, se fue dejando a mi abuela con dos hijas de corta edad y un hijo más pequeño. No sin antes pedir prestadas las 500 pts. necesarias para costearse  el pasaje, todo un capital en aquella época. Aquí quedó también parte de él, arraigada en el ambiente que frecuentaba, sus amistades, su tierra, las costumbres; en definitiva, lo que tan hondo significado afectivo tiene para un emigrante: su pueblo. A todo renunció, dispuesto a una aventura llena de esfuerzo y lucha, alentado por la necesidad de los suyos.

Aun que poco hablador, en la vejez le dio por contar sus andanzas por Cuba. Le escuche narrar sus recuerdos del viaje: una dura experiencia sufrida como un calvario durante 26 días. Mal alimentados y hacinado en la cubierta del barco junto a otros que, como él, querían probar mejor fortuna.   No menos dura sería su estancia en la isla.

Apenas llegó a Cuba se vio aquejado de enfermedad, como consecuencia, permaneció confinado en el barracón junto a otros dos españoles enfermos como él. Les atendía  una mulata, que cuidaba de ellos y que mostraba todo su carácter para obligarles  a tomar las dosis diarias de quinina, único medicamento para combatir las altas y persistentes fiebres. Tres meses estuvo en esa circunstancia. Restablecido, se reincorporó a los trabajos en la plantación de caña de azúcar. Por supuesto,  se le descontó de su sueldo los gastos de la enfermedad.

A mi abuelo le hacía mucha gracia el ascenso de clase y consideración en que los cubanos trataban a los españoles, pues cuando se dirigían a estos acompañan al nombre, con el prefijo “Don…”, la distinción  del tratamiento, era una paradoja entre iguales en miseria. En España Jamás le habían tratado con aquel distintivo de cierto rango, y en cuba, sin dejar de ser un simple bracero, le obsequiaban insistentemente  con el tratamiento de “Don ramón”

Como buen bracero del campo, despertaron interés las plantas y los cultivos de la tierra, por lo que  se trajo una buena variedad de semillas envueltas cuidadosamente en bolsitas de plástico. Pero solo fue una vana ilusión. Plantadas estas, no tuvo la suerte de que tan solo una llegará a germinar.

Ya Cercana su muerte. Encima de una silla al lado de su cama, vi un artilugio que me sorprendió, eran unas piezas de madera unidas a unas correas de piel con hebillas. Le pregunte a mi madre por aquello, y me explicó que el abuelo por su duro trabajo se había herniado dos veces, y para sostener la salida de sus tripas que le surgían en la ingles produciéndole un gran dolor, se valía de aquel dispositivo para retenerlas. Me impresionó mucho saber que durante la mayor parte de su vida estuvo trabajando duramente con aquella condición que tanto le debió de hacer sufrir en su duro trabajo.

Podría decir muchas mas cosas de mi abuelo. Este es un pequeño homenaje desde mi gratitud y afecto no sólo a él, sino a tantos valladinos, que como él, solo tuvieron una oportunidad: la de trabajar al filo de la indignidad por cubrir tan solo las necesidades primarias de su familia.

Mi abuelo estuvo 3 años en Cuba. Volvió con suficientes ahorros para comprar la casa y un pocas hanegadas de tierra.

Podía seguir hablando de muchas cosas más sobre mi abuelo, pero una vez rendido este pequeño homenaje, considero cumplido mi propósito.