domingo, 20 de mayo de 2012

Opinión-- sociedad


 “Siempre habrá pobres…”

Ernesto Perales Alcover

¿Puede haber alguien que crea y diga, con convencimiento, que la pobreza no existe?  Cuando en el año 2.092 D. José, el cura de mi parroquia, creó la Cáritas Parroquial. Era frecuente escuchar el comentario: “Si en Vallada no se conocen pobres. ¿Para qué, Cáritas?”. Lo interesante no era entrar a valorar si había o no pobreza, lo importante era que esa expresión muchas veces se ha usado para justificación de nuestra insolidaridad. La mejor forma de ignorar un problema es inhibiéndose voluntariamente ante él.
Esta forma de pensar no es un hecho singular y minoritario de sociedades cerradas que viven en la opulencia y se niegan a aceptar una realidad que les denuncia, por el contrario, es una actitud bastante frecuente que  nos sitúa ante una colectividad que  desea pasar del problema de la pobreza, reduciendo  sus responsabilidades personales y colectivas y para ello, insisten en que la pobreza no existe, al menos en forma grave, o que si existe es un fenómeno temporal que desaparecerá como ha venido. Ignorando la advertencia de Jesús: «Siempre habrá pobres entre vosotros» (Mc 14,7). Porque, siempre habrá injusticias generadoras de pobreza.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces.  La Vallada, de aquel año aún vivía de la inercia de los años de trabajo duro y continuado. Era un pueblo ejemplar en producción y en riqueza. Cáritas parroquial, ayudaba de forma, no continuada, a unas pocas familias de vallada. Atendía las necesidades locales y además, los excedentes de alimentos los llevábamos al colegio de ancianos desamparados San José de Xàtiva; así como parte de la disponibilidad económica servía para contribuir en campañas  de ayuda en Cooperación Internacional, en favor de refugiados o de hambrunas, tutelados por la Cáritas Diocesana de Valencia, también se organizaban campañas en favor de afectados por catástrofes naturales
No faltaron nunca pobres, menesterosos y desamparados a los que ayudar.
Hoy vivimos una situación nueva de crisis profunda generalizada. La primera consecuencia de la crisis fue la exclusión social de los inmigrantes ilegales que,  al no poder formar parte del sistema, han comenzado a regresar a sus países como mal menor. La situación actual es la escasa presencia de inmigrantes en la acogida con tendencia a disminuir, pero, por lo contrario, registramos un aumento, en la acogida de Cáritas, de familias de Vallada con  problemas. Familias sacudidas por graves dificultades generadas por las nuevas pobrezas: paro, drogo-dependencias, desestructuradas, etc. También se registra un aumento considerable en la llegada de transeúntes. Penurias producto de una sociedad enferma con una crisis moral y de valores muy superior a la económica aunque sólo se hable de esta última.

Pero esa negación de la pobreza, esa voluntaria indiferencia con los pobres, necesita de cuartadas que la conformen, como falsa justificación ante la conciencia. Hay tantas excusas como conciencias deformadas: económicas, políticas, hasta de tergiversación del mensaje evangélico para hacerlo coincidir en una forma de pensar determinada.
La pobreza existe. Es una dramática realidad, humana y social. En palabras de Juan Pablo II: “Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres” “Cada vez es mayor el abismo que separa a los países ricos de los países pobres”.
Basta con mantener abiertos los ojos o no cerrarlos ante la realidad que nos rodea, para saber que la pobreza, la marginación la miseria están ahí, junto a nosotros o cerca de nosotros, a lo largo y ancho de nuestra sociedad y de nuestro mundo siempre tendremos pobres entre nosotros, por eso, si los pobres, los que sufren, los que lloran... eran los preferidos de Jesús, un buen cristiano no puede negar la realidad de la pobreza,  el sufrimiento que genera y el tender la mano al pobre, como haría Jesús.
Hoy su Iglesia ha de seguir estimando a los pobres. Porque son para ella sacramentos vivos: “…A mí me lo hacéis”.  Hoy la Iglesia, nuestra parroquia; no puede dar la espalda al que sufre. El inicio de la constitución “Gaudium Spes” sobre la Iglesia en el mundo de hoy, aprobada en el Concilio Vaticano II Es muy expresivo al respecto, dice: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo...”
Los cristianos, como seguidores de Cristo, hemos de ayudar a esas personas con nuestra comprensión, con nuestro apoyo moral o material; defendiéndoles y dando la cara por ellos como hizo Cristo.
Hacen falta profetas que, con una palabra, puedan romper la serena quietud de los que viven tranquilos en su bienestar. Para denunciar, ante ellos, lo que sus ojos no quieren ver y escuchen lo que sus oídos no quieren escuchar, y que despierten su sensibilidad humana dormida en el egoísmo
Sólo así haremos creíble el Evangelio.













martes, 1 de mayo de 2012

Pie de foto


Mi abuelo Ramón


Ernesto Perales Alcover

Me propongo hablar de mi abuelo, en primer lugar porque quiero guardar por escrito alguno de los  recuerdos tan entrañables que velan mi memoria sobre él,  y que conservo casi desvanecidos en el tiempo, y también, porque tuvo la grandeza  y valentía de marchar a "hacer las américas" movido por la necesidad de su familia, por todo eso, y además, porque sencillamente  fue un hombre de pueblo, uno de tantos millones que no figuraran en nada, pero sin los cuales el mundo se hubiera detenido. Hombre sencillo, abnegado, trabajador y  honrado que merece de mi: respeto, veneración y cariño.

Mi abuelo, era un hombre serio, poco hablador, se reía muy de tarde en tarde y cuando lo hacia era una risa socarrona y discreta, casi silenciosa, si bien, a nosotros  nos regalaba a menudo su franca sonrisa. Era alto, ligeramente encorvado. Su voz, aunque era grave, tenía un matiz distinto cuando se dirigía a los nietos.

De él, como decía, guardo tenues recuerdos, todos entrañables. Los recuerdos son frágiles  lazos que nos llevan al pasado desdibujando la realidad apenas retenida; en ese ejercicio especulativo siempre hay momentos que perduran como sellados en nuestras mentes. Lo primero que  evoco es su omnipresente  figura trajinando en sus quehaceres por las estancias de su casa. Era una vivienda sencilla, de campesino humilde, tenía el soleado corral, poblado de conejos, la cuadra del borrico, la “pallissa”…, lugares recorridos en mis juegos al escondite con mi hermana.
Aún retengo en mi memoria, en el frio invierno, la lumbre en el hogar. Mi abuelo sentado en una silla bajita de asiento tejido en cuerda. Yo, me acurrucaba en el suelo entre sus piernas y él apoyando sus cansados brazos en las rodillas dejaba caer sus enormes manos desvanecidas entre aquella llama intensa que brotaba de las retorcidas cepas de la vid, y mi mirada. Sus dedos, se confundían con los sarmientos que consumía el fuego. Aun hoy me impresiona recordarlas, colgando sobre mi cabeza. Manos callosas, duras, extenuadas  por el continuado nudo sobre herramientas, pero que sin embargo, parecían  envueltas de blando algodón en  la forma suave y delicada de cogerme al subirme a lomos de su burro. Recreando su figura en la memoria, me parece verlo, ya en su ancianidad, cuando las limitaciones lo habían acorralado casi a la inmovilidad, sentado al sol, con el garrote entre sus largas piernas sosteniendo sobre su empuñadura sus cansadas manos y con la mirada “perdida” en Dios sabe que ensoñaciones.

Antes de ir a Cuba, mi abuelo se ganaba la vida, de jornalero-temporero, (oficio que describe magistralmente Ignacio Aldecoa en su narración: “Seguir de pobres”). En verano,  subía a la  Mancha a segar el trigo que crecía en tierras resecas  y bajaba a los humedales de la albufera a la siega del arroz, aprovechando los entre tiempos de temporada, para trabajos de bracero en el campo. De vez en cuando, surgía algún contrato de peón en importantes obras. Cuando se enteró de la oportunidad de emigrar a  Cuba, estaba trabajando en el túnel ferroviario  fronterizo de Canfranc.
Allí, escuchando a unos  comisarios captores de mano de obra barata, tomó conciencia por primera vez, de la viabilidad de  huir del círculo vicioso en el que estaba encerrado. Estos comisionados tenían retribución de las navieras, en un porcentaje sobre el precio del billete y otra comisión de los terratenientes en destino. Eran personas sin escrúpulos que buscaban en los centros donde, por la envergadura de la obra, se concentraban multitud de jornaleros mal pagados que reunían en asambleas donde les explicaban las ventajas de emigrar a América. Engañaban a los pobres hombres asegurándoles una travesía esplendida y un futuro que les permitiría solucionar sus vidas y las de los suyos. Mi abuelo, escuchándoles sintió la tentación de romper con todo y vivir la singular gesta de marchar de emigrante a tierras lejanas.

En aquellos años se acentuó, desgraciadamente, el fenómeno social de la inmigración española, especialmente dirigida a América; países como Argentina, Venezuela, Estados Unidos, o cuba, a donde llego mi abuelo en el año 1.920, eran los países destinatarios del trabajo y la ilusión de tantos españoles, que, como él, fueron a dar lo mejor de  sí en extrañas haciendas, con sus mentes atestadas de interrogantes, sus maletas llenas ropas usadas y el corazón abierto a la esperanza.

Mi abuelo, se fue dejando a mi abuela con dos hijas de corta edad y un hijo más pequeño. No sin antes pedir prestadas las 500 pts. necesarias para costearse  el pasaje, todo un capital en aquella época. Aquí quedó también parte de él, arraigada en el ambiente que frecuentaba, sus amistades, su tierra, las costumbres; en definitiva, lo que tan hondo significado afectivo tiene para un emigrante: su pueblo. A todo renunció, dispuesto a una aventura llena de esfuerzo y lucha, alentado por la necesidad de los suyos.

Aun que poco hablador, en la vejez le dio por contar sus andanzas por Cuba. Le escuche narrar sus recuerdos del viaje: una dura experiencia sufrida como un calvario durante 26 días. Mal alimentados y hacinado en la cubierta del barco junto a otros que, como él, querían probar mejor fortuna.   No menos dura sería su estancia en la isla.

Apenas llegó a Cuba se vio aquejado de enfermedad, como consecuencia, permaneció confinado en el barracón junto a otros dos españoles enfermos como él. Les atendía  una mulata, que cuidaba de ellos y que mostraba todo su carácter para obligarles  a tomar las dosis diarias de quinina, único medicamento para combatir las altas y persistentes fiebres. Tres meses estuvo en esa circunstancia. Restablecido, se reincorporó a los trabajos en la plantación de caña de azúcar. Por supuesto,  se le descontó de su sueldo los gastos de la enfermedad.

A mi abuelo le hacía mucha gracia el ascenso de clase y consideración en que los cubanos trataban a los españoles, pues cuando se dirigían a estos acompañan al nombre, con el prefijo “Don…”, la distinción  del tratamiento, era una paradoja entre iguales en miseria. En España Jamás le habían tratado con aquel distintivo de cierto rango, y en cuba, sin dejar de ser un simple bracero, le obsequiaban insistentemente  con el tratamiento de “Don ramón”

Como buen bracero del campo, despertaron interés las plantas y los cultivos de la tierra, por lo que  se trajo una buena variedad de semillas envueltas cuidadosamente en bolsitas de plástico. Pero solo fue una vana ilusión. Plantadas estas, no tuvo la suerte de que tan solo una llegará a germinar.

Ya Cercana su muerte. Encima de una silla al lado de su cama, vi un artilugio que me sorprendió, eran unas piezas de madera unidas a unas correas de piel con hebillas. Le pregunte a mi madre por aquello, y me explicó que el abuelo por su duro trabajo se había herniado dos veces, y para sostener la salida de sus tripas que le surgían en la ingles produciéndole un gran dolor, se valía de aquel dispositivo para retenerlas. Me impresionó mucho saber que durante la mayor parte de su vida estuvo trabajando duramente con aquella condición que tanto le debió de hacer sufrir en su duro trabajo.

Podría decir muchas mas cosas de mi abuelo. Este es un pequeño homenaje desde mi gratitud y afecto no sólo a él, sino a tantos valladinos, que como él, solo tuvieron una oportunidad: la de trabajar al filo de la indignidad por cubrir tan solo las necesidades primarias de su familia.

Mi abuelo estuvo 3 años en Cuba. Volvió con suficientes ahorros para comprar la casa y un pocas hanegadas de tierra.

Podía seguir hablando de muchas cosas más sobre mi abuelo, pero una vez rendido este pequeño homenaje, considero cumplido mi propósito. 

domingo, 25 de abril de 2010

Pie de foto









EL ÁNGEL DE DARFFUR


Ernesto Perales Alcover


La foto fue tomada en el interior de una de las miserables chozas, de los muchos campos de refugiados en Daffur (Sudán), donde se sufre una de las más sangrientas y despiadadas guerras olvidadas. En la imagen se conjugan sublimemente, el amor y el dolor, y es como si desde esa combinación de sentimientos y afectos surgiera algo superior que trascendiera la amargura que se vive en aquel infierno.
El cuerpecito del niño es cubierto con una blanca sabana, alba como el alma del niño, y, arrastrando su blancura inmaculada se deslizan, las contrastadas, manos negras expresando toda la ternura reverencial de un profundo rito de amor. Es todo un poema trascendente. ¡Cuantas ilusiones tapadas hundidas, sumergidas, debajo de la blanca sabana!.
Ante la dulzura, el afecto, la delicadeza de esas manos nervudas, callosas; que con una ternura casi espiritual cubren, con exquisito candor el cuerpo sin vida del niño-ángel que más que muerto parece dormido en el regazo de un gran Dios misericordioso. Me pregunto: ¿Cuántas veces, esas manos, acariciarían la piel deshidratada de la criatura? ¿Cuántas veces lo acunaron? ¿Cuánto esfuerzo derramado con ellas por el agua contaminada pero necesaria, por la cosecha paupérrima que parió frustración, impotencia y hambre en lugar de alimentos? Y que ahora las vemos convertidas en alas de ángel cubriendo con un sudario el ¿dormido?, ¿muerto? cuerpo del niño
¡Qué no debió morir!.. Pero... ¿Duerme?... ¡No, está muerto!. ¡Muerto por la injusticia!. ¿De quien?. ¡Muerto por el egoísmo!. ¿De quién?. ¡Muerto por la indiferencia consumista!. ¿De Quién?, ¿de quién?... ¿De quién?...
Dios quiera que pronto la paz llegue a estas tierras de Daffur, en ese agujero de odio del Sudán. Y que esas manos rendidas, expresión de amor, no lleguen nunca a empuñar ninguna arma convertidas en grito de venganza y resentimiento, vencidas por el odio y la desesperanza contra los que, de una u otra forma, propiciamos su infierno.
Unas reflexiones: ¿Cuántas armas está vendiendo nuestro gobierno para esta guerra?
¿Cuánto derrocho en mi consumismo absurdamente? ¿Me molesta conocer ese sufrimiento humano?
¿Tendremos algo que ver en las causas de muerte de tantos niños como el de la foto?, … Pero claro: ¿Cómo vamos a preocuparnos por esas criaturas, si nos damos leyes para poder matar impunemente a nuestros niños, a nuestros hijos? Y por último: ¿Nos sentimos interpelados por estas preguntas. O no?...
(Este artículo apareció publicado en la revista "Parròquia de tots" Nº 45)

Opinión--sociedad



LOS SIN TECHO
Ernesto Perales Alcover



"En la calle se da la doble certeza de que
todos te ven en tu desamparo y nadie quiere verte”
Confidencia de un transeúnte

Cada tres meses, más o menos coincidiendo con el cambio de estación, como un ave migratoria o una flor de temporada, aparece Gabriel en nuestra Parroquia. Sabe y conoce que, sin llegar a ser ningún discurso moralista, le advertimos de la necesidad de cambiar su vida, le explicaremos que ahora, si se lo propone, aún tiene fuerza y puede cambiarla. Le volveremos ha hablar de que el nómadeo, llevando como albergue el cielo raso de la noche, no es apropiado para su edad. etc. Gabriel, escucha atentamente, te mira desde su mirada lastimada y triste y se lamenta:
—Ahora los tiempos de estancia en los albergues de Cáritas nos los han reducido mucho, sabe Ud., y es que ¡hay tantos extranjeros!. Claro, y tiene que haber para todos —
Es como si no hubiera escuchado nada de nuestras recomendaciones. Sin dejar de mirarme continua:
— Mire Ud., yo es que no tengo a nadie no cobro ningún subsidio y… ¿Qué quiere que haga…?
Recuerdo la primera vez que nos visitó Gabriel, le acogimos y le atendimos como viene siendo la norma en nuestra Parroquia: alimentos con una cena y el desayuno del día siguiente, también le dimos alojamiento por una noche.
En el momento de despedirse, cabizbajo, escapándosele de sus ojos redondos y enormes una mirada desolada , me dijo:
—Muchas gracias, sabía que en su parroquia se puede confiar. Lo que más les agradezco es que me hayan dado retiro bajo techo esta noche, pues la noche anterior la pasé en el banco de un jardín y unos jóvenes me hincharon a pedradas—
Un fuerte apretón de manos y Gabriel desaparece en su rodar de pobre.
Después, vendrán Manuel, con fiebre, pidiendo una cama para dormir una noche. José, enfermo de sida que recogimos en el borde del camino de la ermita, donde se había echado a dormir. Alfonso, alcohólico que acabo sin familia pues nada quiere saber de él. Vicente con una razón en penumbras, que se vio en la calle al cerrar los centros siquiátricos. Ángel, al que hace años acogimos, le buscamos trabajo y su esquizofrenia y alcoholismo le llevaron a generar una serie de problemas que tuvo que abandonar el pueblo rompiendo la oportunidad de rehacer su vida; y así, podíamos desgranar un interminable desfile de personas sin techo, errantes con sus problemas a cuestas, en medio de la soledad más despiadada; zarandeados por un mundo para el que no significan nada, convertidos en sombras que se hacen visibles emergiendo desde la exclusión por unos instantes a recuperar un poco de su dignidad, cuando, seguros de ser acogidos, acuden a la Iglesia, a sus parroquias en petición de ayuda, a los comedores sociales de las grandes ciudades, dependientes de las Cáritas o otros centros ce caridad de la Iglesia, donde serán atendidos con la decencia y decoro debido a cualquier persona y donde al amparo de las instituciones eclesiásticas podrán recomponer por unos momentos los girones de su maltratada dignidad.

Señor, te pido por todas estas personas a las que con nuestros egoísmos menoscabamos sus derechos, sus proyectos, sus ilusiones y que de forma inmisericorde excluimos. Señor, acompáñalos en sus caminos, en sus soledades. Hazte sentir por ellos, que te presientan a su lado y guíalos siempre en su caminar. Y a nosotros, haznos comprender que son nuestros hermanos y que en ellos nos muestras tú, tu rostro.
Amén.
(Este artículo se publicó en el nº 45 de la revista "Parròquia de tots")

domingo, 18 de abril de 2010

Lo que va quedando de mis días




A JOSÉ LUIS PERIS, ALMA GRANDE, DESDE MI AFLICCIÓN


Evocando nuestra entrañable amistad
Conversaciones

(In Memorian)

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
M. Hernández.




Compañero, amigo, hermano… pobres expresiones para proclamar lo que fue nuestro aprecio, habría que inventar palabras nuevas para poder expresar nuestra estima.
Aun me parece verte Sentado en el sillón de la pequeña habitación donde me ocupo de mis cosas. ¡Cuánto tiempo compartido!, ¡cuántas horas dialogando!, ¡Cuantas confidencias reveladas!; concluyendo en el asombro mutuo de adivinar lo relativo del tiempo cuando se vive con intensidad.
Conversaciones en las que, poco a poco, rompiendo lo secreto, fuimos descubriendo nuestro interior. Todas las personas tenemos sagrarios intocables en lo más profundo de nuestro ser, tú los fuiste abriendo, regalándome tus sentimientos, tus razonamientos, tus dudas y deseos. Sin prisa, como deslizándonos por el filo de una navaja, fuimos vaciando nuestra intimidad desde la mutua confianza, abriendo nuestros corazones, sintiendo como, al anudar sentimientos, nos convertíamos en hermanos.
Tuviste… ¡Tienes!, un alma grande, un alma grande que te impulsaba a la creatividad: Aún, en los momentos de quieta soledad percibo tu voz recitándome tus poemas con ese tono emotivo que la alteraba. Expresiones vibrantes, tiernas; retazos de tus sentimientos hechos palabra… Te hacía feliz conversar sobre tu novela: “Universos en deriva”, al referirte a ella el tono de tu voz se apasionaba en un continuado crescendo enhebrando el argumento sobre su estructura, los tiempos y los personajes; querías reunir en ella todo un mundo imaginario transitado por personas concretas, con sus aciertos y desvaríos. Después, con la misma ilusión y soltura que un niño cambia de juguete, deslizándote por tu creatividad te pasabas al arte y me hablabas de tus cuadros, de perspectivas, encuadres, colores…

Si. También conversamos mucho sobre la fe. “¿Por qué me produce tanto entusiasmo la proclamación del Credo en la Misa? ¿Qué diferencia hay entre espíritu y alma? ¿Cómo será la existencia eterna en el País de la Vida? ¿Por qué el sufrimiento?...interrogabas, y yo, queriendo revivir un dialogo imposible desde mi condición, te pregunto ¿Cómo vives las respuestas?
Ahora me llevas ventaja, pues ya tienes la contestación sobre la última cuestión que nos inquietaba: la eternidad. Para ti se han rasgado ya todos los tupidos grises que transitaban por nuestras conjeturas. Ahora posees la verdad absoluta en la que yo creo, y tú disfrutas.
Consecuente en esa fe que se fortalecía en ti y atendiendo mi sugerencia, te integraste en la Comunidad Parroquial como Lector, ministerio que considerabas misión de profeta; pensabas, que el proclamar desde el ambón, la Palabra de Dios ante la asamblea parroquial, te determinaba a llevar una vida consecuente. Entonces, te reconocías indigno y me hablabas de tus miserias, yo, te descubría mi condición y argumentaba con cierto desconcierto: “Todos somos indignos pero necesarios para trasmitir la fe”. Pero lo que apartaba definitivamente tus reservas era considerar, la proclamación de la Palabra, como un servicio a tu Comunidad Parroquial. Amigo José Luis, Siempre admiré tu gran respeto por el Ministerio de la Palabra

Algunos de los que se relacionaron contigo coinciden en que tu paso por sus vidas, no les dejo indiferentes, tal vez porque jugabas, sin malicia, a lo políticamente incorrecto, juego temerario en esta sociedad de lo relativo y “correcto”; si alguien se distanció de ti fue porque ignoraba tu grandeza de alma. Te haré una confidencia que te alegrará, el día de tu transito varias personas desahogaron entre sollozos sus conciencias derramando sus aflicciones en mis oídos y dedicándote lo mejores elogios. Puedo asegurarte que eran sinceras; y a mí, de paso, me hicieron mucho bien por el significado de esa actitud de humildad y reconocimiento y porque entendí que aunque en dimensiones distintas, sobre esas palabras que brotaban del arrepentimiento y la congoja se posaba tu perdón y estima, cerrando los posibles malos entendidos, propios, ya ves, de la condición humana de la que definitivamente te has desprendido.

Te fuiste liguero de equipaje. Acababas de encontrar lo que tanto buscabas y ya no necesitabas de casi nada; ante la bifurcación de los caminos de tu vida renunciaste a todo lo innecesario: política, reconocimientos, deseos trasnochados… sólo metiste en tu mochila la familia, unos pocos tesoros de amistad y tu espíritu creativo. Lo demás, me decías, son lastres; y en ese momento de paz, y esperanza, ese Dios, al que tanto buscaste salió a tu encuentro colmando toda tu ansia de búsqueda de la verdad. (El Señor tiene esas formas inquietantes de hablarnos, de “escribir recto con los renglones torcidos”). José Luis, sé que no temías a la muerte, estabas ante ella con lo necesario y el Señor espero ese momento.
Días antes de tu partida a la Casa del Padre, recuerdo que me hablabas de tu enfermedad con cierta ironía, y añadías: “me alegraría que comprendieras que no me preocupa excesivamente la muerte, me preocupa mi conciencia, la paz interior, dar lo mejor de mí a mi familia a mis amigos, eso me hace estar tranquilo, sereno ante un posible fallecimiento…” Confidencias de una gran persona.

José Luis, amigo, tu gran lección fue enseñarme que la vida ha tenido sentido si la has vivido para aceptar dejarla sin miedo, con la conciencia limpia, y acogiendo su final como el comienzo a una existencia inmortal en el País de la Vida, en la que ya te adivino en presencia de un Padre misericordioso. ¡Qué gran lección amigo, al abrir más si cabe, mi esperanza!

Tal vez, el mejor panegírico que nadie podía pronunciar por ti, latía escrito en unos apuntes que el azar dispuso ante mi mirada en un sencillo bloc que dejaste en tu mesa de trabajo, sobre los cuadernos manuscritos donde pergeñabas tu novela “Universos en Deriva” Las notas estaban escritas recientemente y son el testimonio de un gran espíritu, de una vida vivida con sentido:


Gracias Dios mío por los padres que me diste.
El Señor me ha dado una esposa buena.
El Señor me ha dado buenos hijos.
El Señor me ha dado excelentes hermanos.
Señor, gracias por ayudarme a ganarme el sustento.
Gracias, Dios mío, por devolverme la fe.

Amigo José Luis, quiero convocarte a la cita eterna, para seguir hablando de las cosas que sin conocer creíamos, y ya conocidas nos gloriaremos juntos; sonrientes, afrontaremos esa inmortalidad sobre la que tanto debatimos, y, quiero hacerlo, como en la entradilla, con los versos de tu valorado, Miguel Hernández

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


E. P.

martes, 29 de diciembre de 2009

Artículos.-

NAVIDAD

La navidad, con la pascua, son las dos grandes celebraciones litúrgicas que celebra la Iglesia. En la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús que nos llega como luz salvadora, en la pascua celebramos, sobre todo, su resurrección, que nos habla de una esperanza gloriosa y eterna. Son dos llegadas.
Jesús, pudiendo venir rodeado de majestad nos llega en el miserable establo de una posada de Belén. Pese al nacimiento tan humilde, algo se estremece en el mundo algo ocurre que es percibido por las gentes sencillas. Los pastores, que estaban al frio raso de la noche sienten necesidad de acudir a Belén, porque allí, según les anuncia un enviado, a ocurrido algo grande. Cuando llegan y ven al niño recién nacido en aquella cuadra entre animales, no se impresionan por el entorno, su atención está puesta en el niño. Saben que el recién nacido ha llegado para ser la palabra del Padre: profeta. Para ser un gran maestro: sacerdote; y a ser Rey Ungido: Mesías. Lo saben, lo creen y, lo adoran. Por eso Jesús, ya adulto, dará gracias a su Padre: "Te doy gracias, Padre... porque has escondido esto a los sabios... y lo has revelado a la gente sencilla" Es la sencillez del corazón, lo que nos prepara a este conocimiento. "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" Los pastores, Gente humilde, sencilla; saben de la grandeza de aquel niño apenas ha nacido.
La navidad es una fiesta que hace palpitar nuestros sentimientos, nos anima a ser más acogedores, más comprensivos con los demás. Navidad es tiempo para el amor, como si aun permaneciera acuñado sobre el tiempo aquella venida de hace 2.007 años que trajo la salvación para el mundo.
La Navidad es tiempo de salir de nosotros, de mirar al pobre, al que está sólo, al enfermo, al que sufre… Mirar y comprender sin juzgar, sin reproches; mirar con amor.
La Navidad es tiempo de cambio, de apartar de nosotros las actitudes viciadas por el orgullo, la soberbia, el rencor, apartar todo eso que ensucia nuestro corazón para perdonar, abrazar, acoger, dar la paz para estar en paz..
La Navidad es tiempo de reflexión, de preguntarnos si tuvo sentido la llegada de Cristo para nuestra sociedad consumista. Si estamos dispuestos a continuar la acción salvadora de Cristo en este mundo en que vivimos con nuestro compromiso de buen cristiano, nuestras actividades en la parroquia, nuestro ejemplo de estilo de vida.
La Navidad es el tiempo de la caridad. Aprovechemos los pequeños destellos de paz y caridad que aún perduran en estas fechas como evocaciones del amor de los amores que nos regalo el Padre con la llegada de su Hijo, y dejemos nuestro corazón abierto a los demás como en un gran abrazo universal.
Es Navidad

Pensar.-

LA ESPERANZA
La esperanza es hija de la trascendencia que proclamamos en nuestra fe. Es el convencimiento de que todo lo que Jesús nos anuncia en el sermón de las bienaventuranzas es cierto. En el mencionado Sermón de la Montaña Jesús nos abre la puerta del reino que nos espera. Después de cada bienaventuranza, en cada “Porque ellos…” nos sitúa ante una eternidad dichosa. Por eso la esperanza es el referente que motiva nuestro comportamiento de buen cristiano. La esperanza cristiana es quizás la virtud que más llena el corazón del hombre, siempre sediento de felicidad. La esperanza es capaz de destruir nuestros miedos, romper con todo tipo de condicionantes que se oponen a llevar una vida en Cristo. Recuerdo que días antes de morir mi hermana, después de una larga enfermedad, me decía: “No tengo nada de miedo a afrontar la muerte, ella me abre a la alegría de estar con Dios” Otro recuerdo es el de mi padre, cuando ya privado de todo, por la enfermedad, decía a menudo esta jaculatoria “Señor, hasta cuando me vas a tener así? tengo tantas ganas de estar contigo”
Estos testimonios de dos familiares queridos, son reflejos de la fuerza maravillosa de la esperanza, al dar sentido, desde la fe, a nuestras vidas.
Cuando esto ocurre comprendemos que nuestra vida es un paso, que si lo hemos ido llenando de fe y esperanza nos anticipa ya un poco de la felicidad que viviremos eternamente, con el Señor, en el “País de la Vida”.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Articulos.-

Guguetes para niños y,
niños juguetes


(Articulo publicado en la
revista Parròquia de tots, de Navidad)

Viendo como los niños vibran nerviosos ante la llegada de los Reyes Magos, llenos de una inquietud alegre y esperanzada, he querido dedicar mi editorial de hoy a unas pequeñas reflexiones sobre el maravilloso tiempo de la infancia, tiempo de inocencia. Jesús nos dice: “el que no se hace como un niño no puede entrar en Reino de los cielos” y estoy convencido que en esta afirmación hay una amarga advertencia que nos hace notar los lejanos años de la inocencia, el candor, la confianza, la humildad que genera la dependencia, el disfrute del cariño de nuestro padres… realidades en la línea de la exhortación de Jesús a aplicarnos y que parece chocan con los criterios de los mayores.
La magia de los Reyes, con su llegada, su carga de ilusión para los niños, tan simulada por los mayores, especialmente asumida y llevada por los padres para crear ese estado de emoción y dicha en sus hijos, hacen cada año el milagro de llenar de ilusión y felicidad los tiernos corazones de los niños. Críos que, aún ignorando lo que les deparara la vida, vibran con la inmediatez del prodigio de ver realizado su sueño más preciado, ser felices y ver que sus padres lo son con él y por él.
A esa alegría contribuimos los mayores, aunque ello suponga alimentar el engaño de lo irreal. Con tal de ver a nuestros niños felices, Somos capaces de organizar una acogida a unos reyes imaginarios. Magos buenos que, trayendo destellos de felicidad para los niños, rebotan en nuestros corazones multiplicando su ilusión y haciéndola extensible a los mayores. Reyes Magos, tan comprensivos y buenos que pese a las advertencias de que si no son buenos no les traerán nada, años tras año, siguen regalándoles los juguetes a pesar de sus trastadas. Es curioso como entre todos ocultamos la realidad para hacer posible, inolvidables momentos para nuestros pequeños.
Pero hoy, como una moneda de dos caras, también abunda la situación inversa, hay niños usados como juguetes en la pornografía y prostitución. Hay niños explotados por los mayores, en interminables horas de trabajo. Hay niños en las calles para utilizar y tirar. Los hay en procesos irreversibles de desnutrición, abocados a morir de hambre. Hay niños soldados usados en guerras de intereses… Ante esta situación que no es un artificio para crear ilusión, sino, procesos estructurales de maldad, de una realidad sangrante, cabría preguntarnos: ¿por qué hay juguetes para niños, y niños que son juguetes?
Nuestra sociedad enferma, tendrá que dar cuenta ante la historia de tantos silencios cómplices, de tanta indiferencia y egoísmo, de tanta iniquidad; pero sobre todo de haber matado la inocencia de tantos niños como los nuestros, cuya culpa fue no poder elegir el donde y el cuándo de su nacimiento.
Cristo se hizo solidario de todos los grupos sociales desfavorecidos de su tiempo, las mujeres, enfermos, pobres y niños; fueron sus predilectos. ¿Qué le responderemos al Señor, el día que nos pregunte: Y tú, ¿qué hiciste con tu hermano?
Cuando miro a una persona mayor envejecida prematuramente, de las que abundan en el mundo de la exclusión social. Por unos instantes los imagino en su niñez, aquel hombre o mujer, lleno de heridas física y síquicas, aquella persona descompuesta, maltratada, por todos desconsiderada, excluida y que no nos gustaría ver, hace años fue un candoroso, inocente y confiado niño sobre el que se cebaron el desamor, el egoísmo la brutalidad; hasta hacer de él, el “Ecce homo” que ahora se nos muestra. He aquí este hombre: ladrón, vicioso, drogodependiente, vago, ruin y enfermo; sólo y abandonado. Inmediatamente me brota la inquietante pregunta ¿Quiénes matamos la inocencia del niño que ahora hecho hombre señalamos?



Un saludo cordial de Ernesto.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Recreación.-

Un paseo hacía la Ermita
(Reflexiones ante un paisaje)

En dirección al “Campello”, apenas dejamos el amasijo de casas del pueblo apiñadas entorno al campanario, se nos abre el camino que lleva a la Ermita. En su inicio, como un apéndice del caserío urbano, además de unos apriscos de ganado lanar, hay una antigua almazara y, en su soportal se puede leer impreso en unos azulejos: “Camino de la Verdad”; desconozco las motivaciones que impulsaron al autor de dicha frase a plasmarlas allí en el comienzo del camino, pero es presumible fuesen fruto de inquietudes filosóficas, lo cierto es que esta frase en el frontispicio de la almazara es como una insinuación a recrear el pensamiento, buscando lo que verdaderamente pudiera dar sentido a nuestras vidas. La ruta conduce a las ermitas, después de pasar bordeando el cementerio y mayor verdad que la misma vida y la muerte: nada.
En su comienzo la calzada esta franqueada por grandes árboles que, como guardianes de la misma, té observan y te acogen en verano con el fresco abrazo de su sombra. A ambos lados, entre ellos, la blancura de las capillas del calvario contrasta con las distintas tonalidades de fondos verdes, guardando en su interior plasmados sobre azulejos, distintos momentos de la Pasión de Cristo, siendo el conjunto otra invitación a la meditación.
Dejado atrás el cementerio, comienza a abrirse ante nosotros el entrañable rincón de la Ermita preñado de significados. Estos parajes tan emblemáticos son los que hacen que nuestra tierra nos hable, nos dé identidad y nos haga parte de ella. Este sentimiento lo comprendemos cuando en la lejanía los recuerdos nos llevan a estos lugares, haciéndonos revivir sensaciones profundas de respeto y veneración a lo nuestro, impresiones que, mezcladas con el vinculo de la tierra, de nuestros antepasados y de nuestra fe, dan el verdadero sentido a nuestro ser. Somos y seremos, lo que en la medida que valoremos, estimemos, y hagamos de nuestra vida encuentro de esas tres partes de nuestro yo: Tierra, familia y fe, a las que no podemos renunciar sin traicionarnos a nosotros mismos.
La “Saladella” se vine a nosotros saliendo desde la profunda garganta del “Barranc del Pou”. En el puente, sobre ella, una mirada al entorno hacia las impresionantes moles pétreas, hace que te sientas insignificante. El “Penyó”, la “Penya del Águila”, la cima del “Castell”... es difícil escapar de la sensación de pequeñez, impotencia y abandono. Las montañas nos miran desde la experiencia de miles de años de existencia, nosotros las miramos a ellas desde la fragilidad de nuestra condición. Ellas: estáticas, frías, enormes; desafiando el tiempo y el espacio, aburridas de vernos trajinar generación tras generación del pueblo a la Ermita y de la Ermita al pueblo: cargados con nuestras vivencias, problemas, razonamientos; nuestras esperanzas, desengaños, triunfos y fracasos; a dialogar con el Señor, a orar ante Él de forma más personal y cercana y ahí, en ese deseo abierto a la esperanza, es en lo que superamos a las montañas, las vencemos; nos hace capaces de salir de nuestra mezquindad y enfrentarnos a ellas, invirtiendo los términos, ahora son ellas las que desde nuestra fe nos parecen insignificantes, porque, nosotros y nuestros antepasados somos capaces de superarlas incluso en el tiempo, pues, gracias a esa esperanza, nos prolongamos desde la fe a la eternidad. Las montañas, tan impresionantes y colosales, pierden su significado de grandeza para no ser ya nada; “la fe mueve montañas”, la fe vence a las montañas. El día del final habrán cumplido sobradamente la finalidad para la que fueron creadas: recrear nuestras miradas, sostener hábitats naturales y pregonar con su magnificencia la grandeza del que las creó, pero en ese momento, se hundirán en la nada.
La humilde cruz, apenas perceptible, sobre el vértice del “Penyó” es una buena alegoría para todo este razonamiento.
Las capillas siguen acompañándonos, con su alba presencia, en lo que ya es la empinada cuesta que nos conduce al ermitorio, y de nuevo se cruzan: el entorno descomunal de la naturaleza con la sencillez y humildad de las construcciones que, desde sus recogidas hornacinas, pregonan al caminante, para su reflexión, sugerentes llamadas de atención de los dramáticos momentos que precedieron la muerte de Cristo.
Ante nosotros se va asomando, de entre los cipreses, la encalada fachada de la ermita de San Sebastián. El ciprés es el árbol místico, insinúa nuestra trascendencia al apuntar al cielo con su afilado vértice vegetal, es serio, sufrido, vigía de soledades y silencios, quizás, por todo esto, tradicionalmente y de forma inconsciente hemos convenido en plantarlo en cementerios y ermitorios montañosos dedicados al culto, para que, como magníficos heraldos nos pregonen el que junto a ellos y alimentándose de ella, abunda la tierra venerada.
La espadaña, con su campana coronada por la veleta, destaca en lo alto de la fachada de la ermita. Cuando desde la umbrosa montaña que circunda las construcciones, de regreso de la “Replaceta de Dalt”, miramos hacía el ermitorio, es lo único que se ve; lo único que da seña de la existencia de la antiquísima capilla saliendo como catapultada de entre la fronda verde de los árboles. ¡Cuántos repiques y toques a oración habrán surgido de su bronce señalando con su sonido la vida religiosa de los primeros ermitaños!.
La placeta de la primera ermita, nos acoge extendiendo dos brazos de recatados pináculos en donde se recogen en sus frontis, sobre delicadas cerámicas, representaciones de los siete dolores de la Virgen María.
El suelo de la plaza es empedrado con un sinfín de menudos cantos que colocados con orden a su tamaño dibujan un pretendido baldosamiento que nos hace pensar en la relatividad del tiempo de las gentes que empedraron aquel suelo. Llegados allí, nuestra presencia se confunde con una extraña sensación de recogimiento, religiosidad... resulta fácil reconstruir mentalmente momentos de la vida de los primero frailes que habitaron el ermitorio: trajinando en las huertas, en el jardín, cuidando los olivos y algarrobos, atendiendo a los animales; celebrando sus momentos de oración: maitines, laúdes, vísperas, completas. Nos imaginamos como, al igual que el tañido de la campana, sus rezos y cantos surgirían desde la fronda boscosa del entorno hacía el valle produciendo irrepetibles ecos y entonaciones armónicas.
La primera capilla, se hunde en un tiempo lejano; mezcla de distintas facturas en su construcción y posteriores arreglos, está dedicada a San Sebastián, buen intercesor de los valladinos. El lugar tiene esa mezcla especial de sagrado y trascendente que tanto serena el espíritu.
La replaza de la Ermita del Cristo es un balcón al valle y al alma, aquí toma cuerpo la afirmación: Soy tierra y espíritu; soy amor. La panorámica del entorno, desde la insondable belleza del paisaje, es como un canto de la naturaleza, a su Creador. El “Penyó”, desde la profundidad de la gruta del “Sumidors” se yergue como una águila vigilante dispuesta a iniciar su vuelo sobre el valle. El risco frente al ermitorio es como una espléndida oración hecha roca, una proclamación, un grito; una afirmación de la grandeza de Dios. Desde su capilla el Cristo, eterno paciente de nuestras miserias, nos escucha, y nosotros, con nuestras ansias de felicidad, nos repetimos ante Él generación tras generación. Allí le vamos a pedir que nos cure de alguna dolencia, que nos vaya bien una empresa, un matrimonio; que nos ayude a superar problemas y malos tiempos... A cambio, con actitud reverente encendemos, como queriendo dar cuerpo a nuestras plegarias, unas candelas, y después, de hecho el “trueque” bajamos al pueblo suspirando por nuestros “legítimos” deseos, abandonándolos a su voluntad. Con frecuencia, dejándonos llevar por la tradición, la costumbre, la devoción popular y por motivaciones piadosas, ocurre, que el Cristo real, presente y tangible que “acampa entre nosotros” en el sagrario se nos escapa como lugar de encuentro intimo con Él, desviándonos hacia su imagen querida y venerada de la Ermita. ¿?.

Declina la tarde tiñendo de contrastes: oro y sombras la sierra de la Solana que desde el camino, ya de regreso, semejan suaves dunas. La luz juega con nosotros en complicidad con el paisaje haciéndolo imprevisible y desconcertante. Los sonidos propios de la vida del pueblo aumentan y poco a poco nos hundimos en lo cotidiano del ser y vivir de un pueblo, mi pueblo: Vallada.