domingo, 20 de mayo de 2012
Opinión-- sociedad
“Siempre habrá pobres…”
Ernesto
Perales Alcover
¿Puede haber
alguien que crea y diga, con convencimiento, que la pobreza no existe? Cuando en el año 2.092 D. José, el cura de mi
parroquia, creó la Cáritas Parroquial. Era frecuente escuchar el comentario:
“Si en Vallada no se conocen pobres. ¿Para qué, Cáritas?”. Lo interesante no
era entrar a valorar si había o no pobreza, lo importante era que esa expresión
muchas veces se ha usado para justificación de nuestra insolidaridad. La mejor
forma de ignorar un problema es inhibiéndose voluntariamente ante él.
Esta forma de
pensar no es un hecho singular y minoritario de sociedades cerradas que viven
en la opulencia y se niegan a aceptar una realidad que les denuncia, por el
contrario, es una actitud bastante frecuente que nos sitúa ante una colectividad que desea pasar del problema de la pobreza,
reduciendo sus responsabilidades
personales y colectivas y para ello, insisten en que la pobreza no existe, al
menos en forma grave, o que si existe es un fenómeno temporal que desaparecerá
como ha venido. Ignorando la advertencia de Jesús: «Siempre habrá pobres entre
vosotros» (Mc 14,7). Porque, siempre habrá injusticias generadoras de pobreza.
Ha pasado mucho
tiempo desde entonces. La Vallada, de
aquel año aún vivía de la inercia de los años de trabajo duro y continuado. Era
un pueblo ejemplar en producción y en riqueza. Cáritas parroquial, ayudaba de
forma, no continuada, a unas pocas familias de vallada. Atendía las necesidades
locales y además, los excedentes de alimentos los llevábamos al colegio de
ancianos desamparados San José de Xàtiva; así como parte de la disponibilidad
económica servía para contribuir en campañas
de ayuda en Cooperación Internacional, en favor de refugiados o de
hambrunas, tutelados por la Cáritas Diocesana de Valencia, también se
organizaban campañas en favor de afectados por catástrofes naturales
No faltaron
nunca pobres, menesterosos y desamparados a los que ayudar.
Hoy vivimos una
situación nueva de crisis profunda generalizada. La primera consecuencia de la
crisis fue la exclusión social de los inmigrantes ilegales que, al no poder formar parte del sistema, han
comenzado a regresar a sus países como mal menor. La situación actual es la
escasa presencia de inmigrantes en la acogida con tendencia a disminuir, pero,
por lo contrario, registramos un aumento, en la acogida de Cáritas, de familias
de Vallada con problemas. Familias
sacudidas por graves dificultades generadas por las nuevas pobrezas: paro,
drogo-dependencias, desestructuradas, etc. También se registra un aumento
considerable en la llegada de transeúntes. Penurias producto de una sociedad
enferma con una crisis moral y de valores muy superior a la económica aunque
sólo se hable de esta última.
Pero esa
negación de la pobreza, esa voluntaria indiferencia con los pobres, necesita de
cuartadas que la conformen, como falsa justificación ante la conciencia. Hay
tantas excusas como conciencias deformadas: económicas, políticas, hasta de
tergiversación del mensaje evangélico para hacerlo coincidir en una forma de
pensar determinada.
La pobreza
existe. Es una dramática realidad, humana y social. En palabras de Juan Pablo
II: “Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres” “Cada
vez es mayor el abismo que separa a los países ricos de los países pobres”.
Basta con mantener abiertos los ojos o no
cerrarlos ante la realidad que nos rodea, para saber que la pobreza, la
marginación la miseria están ahí, junto a nosotros o cerca de nosotros, a lo
largo y ancho de nuestra sociedad y de nuestro mundo siempre tendremos pobres
entre nosotros, por eso, si los pobres, los que sufren, los que lloran... eran
los preferidos de Jesús, un buen cristiano no puede negar la realidad de la
pobreza, el sufrimiento que genera y el
tender la mano al pobre, como haría Jesús.
Hoy su Iglesia
ha de seguir estimando a los pobres. Porque son para ella sacramentos vivos:
“…A mí me lo hacéis”. Hoy la Iglesia,
nuestra parroquia; no puede dar la espalda al que sufre. El inicio de la
constitución “Gaudium Spes” sobre la Iglesia en el mundo de hoy, aprobada en el
Concilio Vaticano II Es muy expresivo al respecto, dice: “Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas,
tristezas y angustias de los discípulos de Cristo...”
Los cristianos,
como seguidores de Cristo, hemos de ayudar a esas personas con nuestra
comprensión, con nuestro apoyo moral o material; defendiéndoles y dando la cara
por ellos como hizo Cristo.
Hacen falta
profetas que, con una palabra, puedan romper la serena quietud de los que viven
tranquilos en su bienestar. Para denunciar, ante ellos, lo que sus ojos no
quieren ver y escuchen lo que sus oídos no quieren escuchar, y que despierten
su sensibilidad humana dormida en el egoísmo
Sólo así haremos
creíble el Evangelio.
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