martes, 29 de diciembre de 2009

Artículos.-

NAVIDAD

La navidad, con la pascua, son las dos grandes celebraciones litúrgicas que celebra la Iglesia. En la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús que nos llega como luz salvadora, en la pascua celebramos, sobre todo, su resurrección, que nos habla de una esperanza gloriosa y eterna. Son dos llegadas.
Jesús, pudiendo venir rodeado de majestad nos llega en el miserable establo de una posada de Belén. Pese al nacimiento tan humilde, algo se estremece en el mundo algo ocurre que es percibido por las gentes sencillas. Los pastores, que estaban al frio raso de la noche sienten necesidad de acudir a Belén, porque allí, según les anuncia un enviado, a ocurrido algo grande. Cuando llegan y ven al niño recién nacido en aquella cuadra entre animales, no se impresionan por el entorno, su atención está puesta en el niño. Saben que el recién nacido ha llegado para ser la palabra del Padre: profeta. Para ser un gran maestro: sacerdote; y a ser Rey Ungido: Mesías. Lo saben, lo creen y, lo adoran. Por eso Jesús, ya adulto, dará gracias a su Padre: "Te doy gracias, Padre... porque has escondido esto a los sabios... y lo has revelado a la gente sencilla" Es la sencillez del corazón, lo que nos prepara a este conocimiento. "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" Los pastores, Gente humilde, sencilla; saben de la grandeza de aquel niño apenas ha nacido.
La navidad es una fiesta que hace palpitar nuestros sentimientos, nos anima a ser más acogedores, más comprensivos con los demás. Navidad es tiempo para el amor, como si aun permaneciera acuñado sobre el tiempo aquella venida de hace 2.007 años que trajo la salvación para el mundo.
La Navidad es tiempo de salir de nosotros, de mirar al pobre, al que está sólo, al enfermo, al que sufre… Mirar y comprender sin juzgar, sin reproches; mirar con amor.
La Navidad es tiempo de cambio, de apartar de nosotros las actitudes viciadas por el orgullo, la soberbia, el rencor, apartar todo eso que ensucia nuestro corazón para perdonar, abrazar, acoger, dar la paz para estar en paz..
La Navidad es tiempo de reflexión, de preguntarnos si tuvo sentido la llegada de Cristo para nuestra sociedad consumista. Si estamos dispuestos a continuar la acción salvadora de Cristo en este mundo en que vivimos con nuestro compromiso de buen cristiano, nuestras actividades en la parroquia, nuestro ejemplo de estilo de vida.
La Navidad es el tiempo de la caridad. Aprovechemos los pequeños destellos de paz y caridad que aún perduran en estas fechas como evocaciones del amor de los amores que nos regalo el Padre con la llegada de su Hijo, y dejemos nuestro corazón abierto a los demás como en un gran abrazo universal.
Es Navidad

Pensar.-

LA ESPERANZA
La esperanza es hija de la trascendencia que proclamamos en nuestra fe. Es el convencimiento de que todo lo que Jesús nos anuncia en el sermón de las bienaventuranzas es cierto. En el mencionado Sermón de la Montaña Jesús nos abre la puerta del reino que nos espera. Después de cada bienaventuranza, en cada “Porque ellos…” nos sitúa ante una eternidad dichosa. Por eso la esperanza es el referente que motiva nuestro comportamiento de buen cristiano. La esperanza cristiana es quizás la virtud que más llena el corazón del hombre, siempre sediento de felicidad. La esperanza es capaz de destruir nuestros miedos, romper con todo tipo de condicionantes que se oponen a llevar una vida en Cristo. Recuerdo que días antes de morir mi hermana, después de una larga enfermedad, me decía: “No tengo nada de miedo a afrontar la muerte, ella me abre a la alegría de estar con Dios” Otro recuerdo es el de mi padre, cuando ya privado de todo, por la enfermedad, decía a menudo esta jaculatoria “Señor, hasta cuando me vas a tener así? tengo tantas ganas de estar contigo”
Estos testimonios de dos familiares queridos, son reflejos de la fuerza maravillosa de la esperanza, al dar sentido, desde la fe, a nuestras vidas.
Cuando esto ocurre comprendemos que nuestra vida es un paso, que si lo hemos ido llenando de fe y esperanza nos anticipa ya un poco de la felicidad que viviremos eternamente, con el Señor, en el “País de la Vida”.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Articulos.-

Guguetes para niños y,
niños juguetes


(Articulo publicado en la
revista Parròquia de tots, de Navidad)

Viendo como los niños vibran nerviosos ante la llegada de los Reyes Magos, llenos de una inquietud alegre y esperanzada, he querido dedicar mi editorial de hoy a unas pequeñas reflexiones sobre el maravilloso tiempo de la infancia, tiempo de inocencia. Jesús nos dice: “el que no se hace como un niño no puede entrar en Reino de los cielos” y estoy convencido que en esta afirmación hay una amarga advertencia que nos hace notar los lejanos años de la inocencia, el candor, la confianza, la humildad que genera la dependencia, el disfrute del cariño de nuestro padres… realidades en la línea de la exhortación de Jesús a aplicarnos y que parece chocan con los criterios de los mayores.
La magia de los Reyes, con su llegada, su carga de ilusión para los niños, tan simulada por los mayores, especialmente asumida y llevada por los padres para crear ese estado de emoción y dicha en sus hijos, hacen cada año el milagro de llenar de ilusión y felicidad los tiernos corazones de los niños. Críos que, aún ignorando lo que les deparara la vida, vibran con la inmediatez del prodigio de ver realizado su sueño más preciado, ser felices y ver que sus padres lo son con él y por él.
A esa alegría contribuimos los mayores, aunque ello suponga alimentar el engaño de lo irreal. Con tal de ver a nuestros niños felices, Somos capaces de organizar una acogida a unos reyes imaginarios. Magos buenos que, trayendo destellos de felicidad para los niños, rebotan en nuestros corazones multiplicando su ilusión y haciéndola extensible a los mayores. Reyes Magos, tan comprensivos y buenos que pese a las advertencias de que si no son buenos no les traerán nada, años tras año, siguen regalándoles los juguetes a pesar de sus trastadas. Es curioso como entre todos ocultamos la realidad para hacer posible, inolvidables momentos para nuestros pequeños.
Pero hoy, como una moneda de dos caras, también abunda la situación inversa, hay niños usados como juguetes en la pornografía y prostitución. Hay niños explotados por los mayores, en interminables horas de trabajo. Hay niños en las calles para utilizar y tirar. Los hay en procesos irreversibles de desnutrición, abocados a morir de hambre. Hay niños soldados usados en guerras de intereses… Ante esta situación que no es un artificio para crear ilusión, sino, procesos estructurales de maldad, de una realidad sangrante, cabría preguntarnos: ¿por qué hay juguetes para niños, y niños que son juguetes?
Nuestra sociedad enferma, tendrá que dar cuenta ante la historia de tantos silencios cómplices, de tanta indiferencia y egoísmo, de tanta iniquidad; pero sobre todo de haber matado la inocencia de tantos niños como los nuestros, cuya culpa fue no poder elegir el donde y el cuándo de su nacimiento.
Cristo se hizo solidario de todos los grupos sociales desfavorecidos de su tiempo, las mujeres, enfermos, pobres y niños; fueron sus predilectos. ¿Qué le responderemos al Señor, el día que nos pregunte: Y tú, ¿qué hiciste con tu hermano?
Cuando miro a una persona mayor envejecida prematuramente, de las que abundan en el mundo de la exclusión social. Por unos instantes los imagino en su niñez, aquel hombre o mujer, lleno de heridas física y síquicas, aquella persona descompuesta, maltratada, por todos desconsiderada, excluida y que no nos gustaría ver, hace años fue un candoroso, inocente y confiado niño sobre el que se cebaron el desamor, el egoísmo la brutalidad; hasta hacer de él, el “Ecce homo” que ahora se nos muestra. He aquí este hombre: ladrón, vicioso, drogodependiente, vago, ruin y enfermo; sólo y abandonado. Inmediatamente me brota la inquietante pregunta ¿Quiénes matamos la inocencia del niño que ahora hecho hombre señalamos?



Un saludo cordial de Ernesto.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Recreación.-

Un paseo hacía la Ermita
(Reflexiones ante un paisaje)

En dirección al “Campello”, apenas dejamos el amasijo de casas del pueblo apiñadas entorno al campanario, se nos abre el camino que lleva a la Ermita. En su inicio, como un apéndice del caserío urbano, además de unos apriscos de ganado lanar, hay una antigua almazara y, en su soportal se puede leer impreso en unos azulejos: “Camino de la Verdad”; desconozco las motivaciones que impulsaron al autor de dicha frase a plasmarlas allí en el comienzo del camino, pero es presumible fuesen fruto de inquietudes filosóficas, lo cierto es que esta frase en el frontispicio de la almazara es como una insinuación a recrear el pensamiento, buscando lo que verdaderamente pudiera dar sentido a nuestras vidas. La ruta conduce a las ermitas, después de pasar bordeando el cementerio y mayor verdad que la misma vida y la muerte: nada.
En su comienzo la calzada esta franqueada por grandes árboles que, como guardianes de la misma, té observan y te acogen en verano con el fresco abrazo de su sombra. A ambos lados, entre ellos, la blancura de las capillas del calvario contrasta con las distintas tonalidades de fondos verdes, guardando en su interior plasmados sobre azulejos, distintos momentos de la Pasión de Cristo, siendo el conjunto otra invitación a la meditación.
Dejado atrás el cementerio, comienza a abrirse ante nosotros el entrañable rincón de la Ermita preñado de significados. Estos parajes tan emblemáticos son los que hacen que nuestra tierra nos hable, nos dé identidad y nos haga parte de ella. Este sentimiento lo comprendemos cuando en la lejanía los recuerdos nos llevan a estos lugares, haciéndonos revivir sensaciones profundas de respeto y veneración a lo nuestro, impresiones que, mezcladas con el vinculo de la tierra, de nuestros antepasados y de nuestra fe, dan el verdadero sentido a nuestro ser. Somos y seremos, lo que en la medida que valoremos, estimemos, y hagamos de nuestra vida encuentro de esas tres partes de nuestro yo: Tierra, familia y fe, a las que no podemos renunciar sin traicionarnos a nosotros mismos.
La “Saladella” se vine a nosotros saliendo desde la profunda garganta del “Barranc del Pou”. En el puente, sobre ella, una mirada al entorno hacia las impresionantes moles pétreas, hace que te sientas insignificante. El “Penyó”, la “Penya del Águila”, la cima del “Castell”... es difícil escapar de la sensación de pequeñez, impotencia y abandono. Las montañas nos miran desde la experiencia de miles de años de existencia, nosotros las miramos a ellas desde la fragilidad de nuestra condición. Ellas: estáticas, frías, enormes; desafiando el tiempo y el espacio, aburridas de vernos trajinar generación tras generación del pueblo a la Ermita y de la Ermita al pueblo: cargados con nuestras vivencias, problemas, razonamientos; nuestras esperanzas, desengaños, triunfos y fracasos; a dialogar con el Señor, a orar ante Él de forma más personal y cercana y ahí, en ese deseo abierto a la esperanza, es en lo que superamos a las montañas, las vencemos; nos hace capaces de salir de nuestra mezquindad y enfrentarnos a ellas, invirtiendo los términos, ahora son ellas las que desde nuestra fe nos parecen insignificantes, porque, nosotros y nuestros antepasados somos capaces de superarlas incluso en el tiempo, pues, gracias a esa esperanza, nos prolongamos desde la fe a la eternidad. Las montañas, tan impresionantes y colosales, pierden su significado de grandeza para no ser ya nada; “la fe mueve montañas”, la fe vence a las montañas. El día del final habrán cumplido sobradamente la finalidad para la que fueron creadas: recrear nuestras miradas, sostener hábitats naturales y pregonar con su magnificencia la grandeza del que las creó, pero en ese momento, se hundirán en la nada.
La humilde cruz, apenas perceptible, sobre el vértice del “Penyó” es una buena alegoría para todo este razonamiento.
Las capillas siguen acompañándonos, con su alba presencia, en lo que ya es la empinada cuesta que nos conduce al ermitorio, y de nuevo se cruzan: el entorno descomunal de la naturaleza con la sencillez y humildad de las construcciones que, desde sus recogidas hornacinas, pregonan al caminante, para su reflexión, sugerentes llamadas de atención de los dramáticos momentos que precedieron la muerte de Cristo.
Ante nosotros se va asomando, de entre los cipreses, la encalada fachada de la ermita de San Sebastián. El ciprés es el árbol místico, insinúa nuestra trascendencia al apuntar al cielo con su afilado vértice vegetal, es serio, sufrido, vigía de soledades y silencios, quizás, por todo esto, tradicionalmente y de forma inconsciente hemos convenido en plantarlo en cementerios y ermitorios montañosos dedicados al culto, para que, como magníficos heraldos nos pregonen el que junto a ellos y alimentándose de ella, abunda la tierra venerada.
La espadaña, con su campana coronada por la veleta, destaca en lo alto de la fachada de la ermita. Cuando desde la umbrosa montaña que circunda las construcciones, de regreso de la “Replaceta de Dalt”, miramos hacía el ermitorio, es lo único que se ve; lo único que da seña de la existencia de la antiquísima capilla saliendo como catapultada de entre la fronda verde de los árboles. ¡Cuántos repiques y toques a oración habrán surgido de su bronce señalando con su sonido la vida religiosa de los primeros ermitaños!.
La placeta de la primera ermita, nos acoge extendiendo dos brazos de recatados pináculos en donde se recogen en sus frontis, sobre delicadas cerámicas, representaciones de los siete dolores de la Virgen María.
El suelo de la plaza es empedrado con un sinfín de menudos cantos que colocados con orden a su tamaño dibujan un pretendido baldosamiento que nos hace pensar en la relatividad del tiempo de las gentes que empedraron aquel suelo. Llegados allí, nuestra presencia se confunde con una extraña sensación de recogimiento, religiosidad... resulta fácil reconstruir mentalmente momentos de la vida de los primero frailes que habitaron el ermitorio: trajinando en las huertas, en el jardín, cuidando los olivos y algarrobos, atendiendo a los animales; celebrando sus momentos de oración: maitines, laúdes, vísperas, completas. Nos imaginamos como, al igual que el tañido de la campana, sus rezos y cantos surgirían desde la fronda boscosa del entorno hacía el valle produciendo irrepetibles ecos y entonaciones armónicas.
La primera capilla, se hunde en un tiempo lejano; mezcla de distintas facturas en su construcción y posteriores arreglos, está dedicada a San Sebastián, buen intercesor de los valladinos. El lugar tiene esa mezcla especial de sagrado y trascendente que tanto serena el espíritu.
La replaza de la Ermita del Cristo es un balcón al valle y al alma, aquí toma cuerpo la afirmación: Soy tierra y espíritu; soy amor. La panorámica del entorno, desde la insondable belleza del paisaje, es como un canto de la naturaleza, a su Creador. El “Penyó”, desde la profundidad de la gruta del “Sumidors” se yergue como una águila vigilante dispuesta a iniciar su vuelo sobre el valle. El risco frente al ermitorio es como una espléndida oración hecha roca, una proclamación, un grito; una afirmación de la grandeza de Dios. Desde su capilla el Cristo, eterno paciente de nuestras miserias, nos escucha, y nosotros, con nuestras ansias de felicidad, nos repetimos ante Él generación tras generación. Allí le vamos a pedir que nos cure de alguna dolencia, que nos vaya bien una empresa, un matrimonio; que nos ayude a superar problemas y malos tiempos... A cambio, con actitud reverente encendemos, como queriendo dar cuerpo a nuestras plegarias, unas candelas, y después, de hecho el “trueque” bajamos al pueblo suspirando por nuestros “legítimos” deseos, abandonándolos a su voluntad. Con frecuencia, dejándonos llevar por la tradición, la costumbre, la devoción popular y por motivaciones piadosas, ocurre, que el Cristo real, presente y tangible que “acampa entre nosotros” en el sagrario se nos escapa como lugar de encuentro intimo con Él, desviándonos hacia su imagen querida y venerada de la Ermita. ¿?.

Declina la tarde tiñendo de contrastes: oro y sombras la sierra de la Solana que desde el camino, ya de regreso, semejan suaves dunas. La luz juega con nosotros en complicidad con el paisaje haciéndolo imprevisible y desconcertante. Los sonidos propios de la vida del pueblo aumentan y poco a poco nos hundimos en lo cotidiano del ser y vivir de un pueblo, mi pueblo: Vallada.