domingo, 25 de abril de 2010

Pie de foto









EL ÁNGEL DE DARFFUR


Ernesto Perales Alcover


La foto fue tomada en el interior de una de las miserables chozas, de los muchos campos de refugiados en Daffur (Sudán), donde se sufre una de las más sangrientas y despiadadas guerras olvidadas. En la imagen se conjugan sublimemente, el amor y el dolor, y es como si desde esa combinación de sentimientos y afectos surgiera algo superior que trascendiera la amargura que se vive en aquel infierno.
El cuerpecito del niño es cubierto con una blanca sabana, alba como el alma del niño, y, arrastrando su blancura inmaculada se deslizan, las contrastadas, manos negras expresando toda la ternura reverencial de un profundo rito de amor. Es todo un poema trascendente. ¡Cuantas ilusiones tapadas hundidas, sumergidas, debajo de la blanca sabana!.
Ante la dulzura, el afecto, la delicadeza de esas manos nervudas, callosas; que con una ternura casi espiritual cubren, con exquisito candor el cuerpo sin vida del niño-ángel que más que muerto parece dormido en el regazo de un gran Dios misericordioso. Me pregunto: ¿Cuántas veces, esas manos, acariciarían la piel deshidratada de la criatura? ¿Cuántas veces lo acunaron? ¿Cuánto esfuerzo derramado con ellas por el agua contaminada pero necesaria, por la cosecha paupérrima que parió frustración, impotencia y hambre en lugar de alimentos? Y que ahora las vemos convertidas en alas de ángel cubriendo con un sudario el ¿dormido?, ¿muerto? cuerpo del niño
¡Qué no debió morir!.. Pero... ¿Duerme?... ¡No, está muerto!. ¡Muerto por la injusticia!. ¿De quien?. ¡Muerto por el egoísmo!. ¿De quién?. ¡Muerto por la indiferencia consumista!. ¿De Quién?, ¿de quién?... ¿De quién?...
Dios quiera que pronto la paz llegue a estas tierras de Daffur, en ese agujero de odio del Sudán. Y que esas manos rendidas, expresión de amor, no lleguen nunca a empuñar ninguna arma convertidas en grito de venganza y resentimiento, vencidas por el odio y la desesperanza contra los que, de una u otra forma, propiciamos su infierno.
Unas reflexiones: ¿Cuántas armas está vendiendo nuestro gobierno para esta guerra?
¿Cuánto derrocho en mi consumismo absurdamente? ¿Me molesta conocer ese sufrimiento humano?
¿Tendremos algo que ver en las causas de muerte de tantos niños como el de la foto?, … Pero claro: ¿Cómo vamos a preocuparnos por esas criaturas, si nos damos leyes para poder matar impunemente a nuestros niños, a nuestros hijos? Y por último: ¿Nos sentimos interpelados por estas preguntas. O no?...
(Este artículo apareció publicado en la revista "Parròquia de tots" Nº 45)

Opinión--sociedad



LOS SIN TECHO
Ernesto Perales Alcover



"En la calle se da la doble certeza de que
todos te ven en tu desamparo y nadie quiere verte”
Confidencia de un transeúnte

Cada tres meses, más o menos coincidiendo con el cambio de estación, como un ave migratoria o una flor de temporada, aparece Gabriel en nuestra Parroquia. Sabe y conoce que, sin llegar a ser ningún discurso moralista, le advertimos de la necesidad de cambiar su vida, le explicaremos que ahora, si se lo propone, aún tiene fuerza y puede cambiarla. Le volveremos ha hablar de que el nómadeo, llevando como albergue el cielo raso de la noche, no es apropiado para su edad. etc. Gabriel, escucha atentamente, te mira desde su mirada lastimada y triste y se lamenta:
—Ahora los tiempos de estancia en los albergues de Cáritas nos los han reducido mucho, sabe Ud., y es que ¡hay tantos extranjeros!. Claro, y tiene que haber para todos —
Es como si no hubiera escuchado nada de nuestras recomendaciones. Sin dejar de mirarme continua:
— Mire Ud., yo es que no tengo a nadie no cobro ningún subsidio y… ¿Qué quiere que haga…?
Recuerdo la primera vez que nos visitó Gabriel, le acogimos y le atendimos como viene siendo la norma en nuestra Parroquia: alimentos con una cena y el desayuno del día siguiente, también le dimos alojamiento por una noche.
En el momento de despedirse, cabizbajo, escapándosele de sus ojos redondos y enormes una mirada desolada , me dijo:
—Muchas gracias, sabía que en su parroquia se puede confiar. Lo que más les agradezco es que me hayan dado retiro bajo techo esta noche, pues la noche anterior la pasé en el banco de un jardín y unos jóvenes me hincharon a pedradas—
Un fuerte apretón de manos y Gabriel desaparece en su rodar de pobre.
Después, vendrán Manuel, con fiebre, pidiendo una cama para dormir una noche. José, enfermo de sida que recogimos en el borde del camino de la ermita, donde se había echado a dormir. Alfonso, alcohólico que acabo sin familia pues nada quiere saber de él. Vicente con una razón en penumbras, que se vio en la calle al cerrar los centros siquiátricos. Ángel, al que hace años acogimos, le buscamos trabajo y su esquizofrenia y alcoholismo le llevaron a generar una serie de problemas que tuvo que abandonar el pueblo rompiendo la oportunidad de rehacer su vida; y así, podíamos desgranar un interminable desfile de personas sin techo, errantes con sus problemas a cuestas, en medio de la soledad más despiadada; zarandeados por un mundo para el que no significan nada, convertidos en sombras que se hacen visibles emergiendo desde la exclusión por unos instantes a recuperar un poco de su dignidad, cuando, seguros de ser acogidos, acuden a la Iglesia, a sus parroquias en petición de ayuda, a los comedores sociales de las grandes ciudades, dependientes de las Cáritas o otros centros ce caridad de la Iglesia, donde serán atendidos con la decencia y decoro debido a cualquier persona y donde al amparo de las instituciones eclesiásticas podrán recomponer por unos momentos los girones de su maltratada dignidad.

Señor, te pido por todas estas personas a las que con nuestros egoísmos menoscabamos sus derechos, sus proyectos, sus ilusiones y que de forma inmisericorde excluimos. Señor, acompáñalos en sus caminos, en sus soledades. Hazte sentir por ellos, que te presientan a su lado y guíalos siempre en su caminar. Y a nosotros, haznos comprender que son nuestros hermanos y que en ellos nos muestras tú, tu rostro.
Amén.
(Este artículo se publicó en el nº 45 de la revista "Parròquia de tots")

domingo, 18 de abril de 2010

Lo que va quedando de mis días




A JOSÉ LUIS PERIS, ALMA GRANDE, DESDE MI AFLICCIÓN


Evocando nuestra entrañable amistad
Conversaciones

(In Memorian)

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
M. Hernández.




Compañero, amigo, hermano… pobres expresiones para proclamar lo que fue nuestro aprecio, habría que inventar palabras nuevas para poder expresar nuestra estima.
Aun me parece verte Sentado en el sillón de la pequeña habitación donde me ocupo de mis cosas. ¡Cuánto tiempo compartido!, ¡cuántas horas dialogando!, ¡Cuantas confidencias reveladas!; concluyendo en el asombro mutuo de adivinar lo relativo del tiempo cuando se vive con intensidad.
Conversaciones en las que, poco a poco, rompiendo lo secreto, fuimos descubriendo nuestro interior. Todas las personas tenemos sagrarios intocables en lo más profundo de nuestro ser, tú los fuiste abriendo, regalándome tus sentimientos, tus razonamientos, tus dudas y deseos. Sin prisa, como deslizándonos por el filo de una navaja, fuimos vaciando nuestra intimidad desde la mutua confianza, abriendo nuestros corazones, sintiendo como, al anudar sentimientos, nos convertíamos en hermanos.
Tuviste… ¡Tienes!, un alma grande, un alma grande que te impulsaba a la creatividad: Aún, en los momentos de quieta soledad percibo tu voz recitándome tus poemas con ese tono emotivo que la alteraba. Expresiones vibrantes, tiernas; retazos de tus sentimientos hechos palabra… Te hacía feliz conversar sobre tu novela: “Universos en deriva”, al referirte a ella el tono de tu voz se apasionaba en un continuado crescendo enhebrando el argumento sobre su estructura, los tiempos y los personajes; querías reunir en ella todo un mundo imaginario transitado por personas concretas, con sus aciertos y desvaríos. Después, con la misma ilusión y soltura que un niño cambia de juguete, deslizándote por tu creatividad te pasabas al arte y me hablabas de tus cuadros, de perspectivas, encuadres, colores…

Si. También conversamos mucho sobre la fe. “¿Por qué me produce tanto entusiasmo la proclamación del Credo en la Misa? ¿Qué diferencia hay entre espíritu y alma? ¿Cómo será la existencia eterna en el País de la Vida? ¿Por qué el sufrimiento?...interrogabas, y yo, queriendo revivir un dialogo imposible desde mi condición, te pregunto ¿Cómo vives las respuestas?
Ahora me llevas ventaja, pues ya tienes la contestación sobre la última cuestión que nos inquietaba: la eternidad. Para ti se han rasgado ya todos los tupidos grises que transitaban por nuestras conjeturas. Ahora posees la verdad absoluta en la que yo creo, y tú disfrutas.
Consecuente en esa fe que se fortalecía en ti y atendiendo mi sugerencia, te integraste en la Comunidad Parroquial como Lector, ministerio que considerabas misión de profeta; pensabas, que el proclamar desde el ambón, la Palabra de Dios ante la asamblea parroquial, te determinaba a llevar una vida consecuente. Entonces, te reconocías indigno y me hablabas de tus miserias, yo, te descubría mi condición y argumentaba con cierto desconcierto: “Todos somos indignos pero necesarios para trasmitir la fe”. Pero lo que apartaba definitivamente tus reservas era considerar, la proclamación de la Palabra, como un servicio a tu Comunidad Parroquial. Amigo José Luis, Siempre admiré tu gran respeto por el Ministerio de la Palabra

Algunos de los que se relacionaron contigo coinciden en que tu paso por sus vidas, no les dejo indiferentes, tal vez porque jugabas, sin malicia, a lo políticamente incorrecto, juego temerario en esta sociedad de lo relativo y “correcto”; si alguien se distanció de ti fue porque ignoraba tu grandeza de alma. Te haré una confidencia que te alegrará, el día de tu transito varias personas desahogaron entre sollozos sus conciencias derramando sus aflicciones en mis oídos y dedicándote lo mejores elogios. Puedo asegurarte que eran sinceras; y a mí, de paso, me hicieron mucho bien por el significado de esa actitud de humildad y reconocimiento y porque entendí que aunque en dimensiones distintas, sobre esas palabras que brotaban del arrepentimiento y la congoja se posaba tu perdón y estima, cerrando los posibles malos entendidos, propios, ya ves, de la condición humana de la que definitivamente te has desprendido.

Te fuiste liguero de equipaje. Acababas de encontrar lo que tanto buscabas y ya no necesitabas de casi nada; ante la bifurcación de los caminos de tu vida renunciaste a todo lo innecesario: política, reconocimientos, deseos trasnochados… sólo metiste en tu mochila la familia, unos pocos tesoros de amistad y tu espíritu creativo. Lo demás, me decías, son lastres; y en ese momento de paz, y esperanza, ese Dios, al que tanto buscaste salió a tu encuentro colmando toda tu ansia de búsqueda de la verdad. (El Señor tiene esas formas inquietantes de hablarnos, de “escribir recto con los renglones torcidos”). José Luis, sé que no temías a la muerte, estabas ante ella con lo necesario y el Señor espero ese momento.
Días antes de tu partida a la Casa del Padre, recuerdo que me hablabas de tu enfermedad con cierta ironía, y añadías: “me alegraría que comprendieras que no me preocupa excesivamente la muerte, me preocupa mi conciencia, la paz interior, dar lo mejor de mí a mi familia a mis amigos, eso me hace estar tranquilo, sereno ante un posible fallecimiento…” Confidencias de una gran persona.

José Luis, amigo, tu gran lección fue enseñarme que la vida ha tenido sentido si la has vivido para aceptar dejarla sin miedo, con la conciencia limpia, y acogiendo su final como el comienzo a una existencia inmortal en el País de la Vida, en la que ya te adivino en presencia de un Padre misericordioso. ¡Qué gran lección amigo, al abrir más si cabe, mi esperanza!

Tal vez, el mejor panegírico que nadie podía pronunciar por ti, latía escrito en unos apuntes que el azar dispuso ante mi mirada en un sencillo bloc que dejaste en tu mesa de trabajo, sobre los cuadernos manuscritos donde pergeñabas tu novela “Universos en Deriva” Las notas estaban escritas recientemente y son el testimonio de un gran espíritu, de una vida vivida con sentido:


Gracias Dios mío por los padres que me diste.
El Señor me ha dado una esposa buena.
El Señor me ha dado buenos hijos.
El Señor me ha dado excelentes hermanos.
Señor, gracias por ayudarme a ganarme el sustento.
Gracias, Dios mío, por devolverme la fe.

Amigo José Luis, quiero convocarte a la cita eterna, para seguir hablando de las cosas que sin conocer creíamos, y ya conocidas nos gloriaremos juntos; sonrientes, afrontaremos esa inmortalidad sobre la que tanto debatimos, y, quiero hacerlo, como en la entradilla, con los versos de tu valorado, Miguel Hernández

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


E. P.