
LOS SIN TECHO
Ernesto Perales Alcover
"En la calle se da la doble certeza de que
todos te ven en tu desamparo y nadie quiere verte”
Confidencia de un transeúnte
Cada tres meses, más o menos coincidiendo con el cambio de estación, como un ave migratoria o una flor de temporada, aparece Gabriel en nuestra Parroquia. Sabe y conoce que, sin llegar a ser ningún discurso moralista, le advertimos de la necesidad de cambiar su vida, le explicaremos que ahora, si se lo propone, aún tiene fuerza y puede cambiarla. Le volveremos ha hablar de que el nómadeo, llevando como albergue el cielo raso de la noche, no es apropiado para su edad. etc. Gabriel, escucha atentamente, te mira desde su mirada lastimada y triste y se lamenta:
—Ahora los tiempos de estancia en los albergues de Cáritas nos los han reducido mucho, sabe Ud., y es que ¡hay tantos extranjeros!. Claro, y tiene que haber para todos —
Es como si no hubiera escuchado nada de nuestras recomendaciones. Sin dejar de mirarme continua:
— Mire Ud., yo es que no tengo a nadie no cobro ningún subsidio y… ¿Qué quiere que haga…?
Recuerdo la primera vez que nos visitó Gabriel, le acogimos y le atendimos como viene siendo la norma en nuestra Parroquia: alimentos con una cena y el desayuno del día siguiente, también le dimos alojamiento por una noche.
En el momento de despedirse, cabizbajo, escapándosele de sus ojos redondos y enormes una mirada desolada , me dijo:
—Muchas gracias, sabía que en su parroquia se puede confiar. Lo que más les agradezco es que me hayan dado retiro bajo techo esta noche, pues la noche anterior la pasé en el banco de un jardín y unos jóvenes me hincharon a pedradas—
Un fuerte apretón de manos y Gabriel desaparece en su rodar de pobre.
Después, vendrán Manuel, con fiebre, pidiendo una cama para dormir una noche. José, enfermo de sida que recogimos en el borde del camino de la ermita, donde se había echado a dormir. Alfonso, alcohólico que acabo sin familia pues nada quiere saber de él. Vicente con una razón en penumbras, que se vio en la calle al cerrar los centros siquiátricos. Ángel, al que hace años acogimos, le buscamos trabajo y su esquizofrenia y alcoholismo le llevaron a generar una serie de problemas que tuvo que abandonar el pueblo rompiendo la oportunidad de rehacer su vida; y así, podíamos desgranar un interminable desfile de personas sin techo, errantes con sus problemas a cuestas, en medio de la soledad más despiadada; zarandeados por un mundo para el que no significan nada, convertidos en sombras que se hacen visibles emergiendo desde la exclusión por unos instantes a recuperar un poco de su dignidad, cuando, seguros de ser acogidos, acuden a la Iglesia, a sus parroquias en petición de ayuda, a los comedores sociales de las grandes ciudades, dependientes de las Cáritas o otros centros ce caridad de la Iglesia, donde serán atendidos con la decencia y decoro debido a cualquier persona y donde al amparo de las instituciones eclesiásticas podrán recomponer por unos momentos los girones de su maltratada dignidad.
Señor, te pido por todas estas personas a las que con nuestros egoísmos menoscabamos sus derechos, sus proyectos, sus ilusiones y que de forma inmisericorde excluimos. Señor, acompáñalos en sus caminos, en sus soledades. Hazte sentir por ellos, que te presientan a su lado y guíalos siempre en su caminar. Y a nosotros, haznos comprender que son nuestros hermanos y que en ellos nos muestras tú, tu rostro.
Amén.
todos te ven en tu desamparo y nadie quiere verte”
Confidencia de un transeúnte
Cada tres meses, más o menos coincidiendo con el cambio de estación, como un ave migratoria o una flor de temporada, aparece Gabriel en nuestra Parroquia. Sabe y conoce que, sin llegar a ser ningún discurso moralista, le advertimos de la necesidad de cambiar su vida, le explicaremos que ahora, si se lo propone, aún tiene fuerza y puede cambiarla. Le volveremos ha hablar de que el nómadeo, llevando como albergue el cielo raso de la noche, no es apropiado para su edad. etc. Gabriel, escucha atentamente, te mira desde su mirada lastimada y triste y se lamenta:
—Ahora los tiempos de estancia en los albergues de Cáritas nos los han reducido mucho, sabe Ud., y es que ¡hay tantos extranjeros!. Claro, y tiene que haber para todos —
Es como si no hubiera escuchado nada de nuestras recomendaciones. Sin dejar de mirarme continua:
— Mire Ud., yo es que no tengo a nadie no cobro ningún subsidio y… ¿Qué quiere que haga…?
Recuerdo la primera vez que nos visitó Gabriel, le acogimos y le atendimos como viene siendo la norma en nuestra Parroquia: alimentos con una cena y el desayuno del día siguiente, también le dimos alojamiento por una noche.
En el momento de despedirse, cabizbajo, escapándosele de sus ojos redondos y enormes una mirada desolada , me dijo:
—Muchas gracias, sabía que en su parroquia se puede confiar. Lo que más les agradezco es que me hayan dado retiro bajo techo esta noche, pues la noche anterior la pasé en el banco de un jardín y unos jóvenes me hincharon a pedradas—
Un fuerte apretón de manos y Gabriel desaparece en su rodar de pobre.
Después, vendrán Manuel, con fiebre, pidiendo una cama para dormir una noche. José, enfermo de sida que recogimos en el borde del camino de la ermita, donde se había echado a dormir. Alfonso, alcohólico que acabo sin familia pues nada quiere saber de él. Vicente con una razón en penumbras, que se vio en la calle al cerrar los centros siquiátricos. Ángel, al que hace años acogimos, le buscamos trabajo y su esquizofrenia y alcoholismo le llevaron a generar una serie de problemas que tuvo que abandonar el pueblo rompiendo la oportunidad de rehacer su vida; y así, podíamos desgranar un interminable desfile de personas sin techo, errantes con sus problemas a cuestas, en medio de la soledad más despiadada; zarandeados por un mundo para el que no significan nada, convertidos en sombras que se hacen visibles emergiendo desde la exclusión por unos instantes a recuperar un poco de su dignidad, cuando, seguros de ser acogidos, acuden a la Iglesia, a sus parroquias en petición de ayuda, a los comedores sociales de las grandes ciudades, dependientes de las Cáritas o otros centros ce caridad de la Iglesia, donde serán atendidos con la decencia y decoro debido a cualquier persona y donde al amparo de las instituciones eclesiásticas podrán recomponer por unos momentos los girones de su maltratada dignidad.
Señor, te pido por todas estas personas a las que con nuestros egoísmos menoscabamos sus derechos, sus proyectos, sus ilusiones y que de forma inmisericorde excluimos. Señor, acompáñalos en sus caminos, en sus soledades. Hazte sentir por ellos, que te presientan a su lado y guíalos siempre en su caminar. Y a nosotros, haznos comprender que son nuestros hermanos y que en ellos nos muestras tú, tu rostro.
Amén.
(Este artículo se publicó en el nº 45 de la revista "Parròquia de tots")
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