Un paseo hacía la Ermita
(Reflexiones ante un paisaje)
En dirección al “Campello”, apenas dejamos el amasijo de casas del pueblo apiñadas entorno al campanario, se nos abre el camino que lleva a la Ermita. En su inicio, como un apéndice del caserío urbano, además
de unos apriscos de ganado lanar, hay una antigua almazara y, en su soportal se puede leer impreso en unos azulejos: “Camino de la Verdad”; desconozco las motivaciones que impulsaron al autor de dicha frase a plasmarlas allí en el comienzo del camino, pero es presumible fuesen fruto de inquietudes filosóficas, lo cierto es que esta frase en el frontispicio de la almazara es como una insinuación a recrear el pensamiento, buscando lo que verdaderamente pudiera dar sentido a nuestras vidas. La ruta conduce a las ermitas, después de pasar bordeando el cementerio y mayor verdad que la misma vida y la muerte: nada.
En su comienzo la calzada esta franqueada por grandes árboles que, como guardianes de la misma, té observan y te acogen en verano con el fresco abrazo de su sombra. A ambos lados, entre ellos, la blancura de las capillas del calvario contrasta con las distintas tonalidades de fondos verdes, guardando en su interior plasmados sobre azulejos, distintos momentos de la Pasión de Cristo, siendo el conjunto otra invitación a la meditación.
Dejado atrás el cementerio, comienza a abrirse
ante nosotros el entrañable rincón de la Ermita preñado de significados. Estos parajes tan emblemáticos son los que hacen que nuestra tierra nos hable, nos dé identidad y nos haga parte de ella. Este sentimiento lo comprendemos cuando en la lejanía los recuerdos nos llevan a estos lugares, haciéndonos revivir sensaciones profundas de respeto y veneración a lo nuestro, impresiones que, mezcladas con el vinculo de la tierra, de nuestros antepasados y de nuestra fe, dan el verdadero sentido a nuestro ser. Somos y seremos, lo que en la medida que valoremos, estimemos, y hagamos de nuestra vida encuentro de esas tres partes de nuestro yo: Tierra, familia y fe, a las que no podemos renunciar sin traicionarnos a nosotros mismos.
La “Saladella” se vine a nosotros saliendo desde la profunda garganta del “Barranc del Pou”. En el puente, sobre ella, una mirada al entorno hacia las impresionantes moles pétreas, hace que te sientas insignificante. El “Penyó”, la “Penya del Águila”, la cima del “Castell”... es difícil escapar de la sensación de pequeñez, impotencia y abandono. Las montañas nos miran desde la experiencia de miles de años de existencia, nosotros las miramos a ellas desde la fragilidad de nuestra condición. Ellas: estáticas, frías, enormes; desafiando el tiempo y el espacio, aburridas de vernos trajinar generación tras generación del pueblo a la Ermita y de la Ermita al pueblo: cargados con nuestras vivencias, problemas, razonamientos; nuestras esperanzas, desengaños, triunfos y fracasos; a dialogar con el Señor, a orar ante Él de forma más personal y cercana y ahí, en ese deseo abierto a la esperanza, es en lo que superamos a las montañas, las vencemos; nos hace capaces de salir de nuestra mezquindad y enfrentarnos a ellas, invirtiendo los términos, ahora son ellas las que desde nuestra fe nos parecen insignificantes, porque, nosotros y nuestros antepasados somos capaces de superarlas incluso en el tiempo, pues, gracias a esa esperanza, nos prolongamos desde la fe a la eternidad. Las montañas, tan impresionantes y colosales, pierden su significado de grandeza para no ser ya nada; “la fe mueve montañas”, la fe vence a las montañas. El día del final habrán cumplido sobradamente la finalidad para la que fueron creadas: recrear nuestras miradas, sostener hábitats naturales y pregonar con su magnificencia la grandeza del que las creó, pero en ese momento, se hundirán en la nada.
La humilde cruz, apenas perceptible, sobre el vértice del “Penyó” es una buena alegoría para todo este razonamiento.
Las capillas siguen acompañándonos, con su alba presencia, en lo que ya es la empinada cuesta que nos conduce al ermitorio, y de nuevo se cruzan: el entorno descomunal de la naturaleza con la sencillez y humildad de las construcciones que, desde sus recogidas hornacinas, pregonan al caminante, para su reflexión, sugerentes llamadas de atención de los dramáticos momentos que precedieron la muerte de Cristo.
Ante nosotros se va asomando, de entre los cipreses, la encalada fachada de la ermita de San Sebastián. El ciprés es el árbol místico, insinúa nuestra trascendencia al apuntar al cielo con su afilado vértice vegetal, es serio, sufrido, vigía de soledades y silencios, quizás, por todo esto, tradicionalmente y de forma inconsciente hemos convenido en plantarlo en cementerios y ermitorios montañosos dedicados al culto, para que, como magníficos heraldos nos pregonen el que junto a ellos y alimentándose de ella, abunda la tierra venerada.
La espadaña, con su campana coronada por la veleta, destaca en lo alto de la fachada de la ermita. Cuando desde la umbrosa montaña que circunda las construcciones, de regreso de la “Replaceta de Dalt”, miramos hacía el ermitorio, es lo único que se ve; lo único que da seña de la existencia de la antiquísima capilla saliendo como catapultada de entre la fronda verde de los árboles. ¡Cuántos repiques y toques a oración habrán surgido de su bronce señalando con su sonido la vida religiosa de los primeros ermitaños!.
La placeta de la primera ermita, nos acoge extendiendo dos brazos de recatados pináculos en donde se recogen en sus frontis, sobre delicadas cerámicas, representaciones de los siete dolores de la Virgen María.
El suelo de la plaza es empedrado con un sinfín de menudos cantos que colocados con orden a su tamaño dibujan un pretendido baldosamiento que nos hace pensar en la relatividad del tiempo de las gentes que empedraron aquel suelo. Llegados allí, nuestra presencia se confunde con una extraña sensación de recogimiento, religiosidad... resulta fácil reconstruir mentalmente momentos de la vida de los primero frailes que habitaron el ermitorio: trajinando en las huertas, en el jardín, cuidando los olivos y algarrobos, atendiendo a los animales; celebrando sus momentos de oración: maitines, laúdes, vísperas, completas. Nos imaginamos como, al igual que el tañido de la campana, sus rezos y cantos surgirían desde la fronda boscosa del entorno hacía el valle produciendo irrepetibles ecos y entonaciones armónicas.
La primera capilla, se hunde en un tiempo lejano; mezcla de distintas facturas en su construcción y posteriores arreglos, está dedicada a San Sebastián, buen intercesor de los valladinos. El lugar tiene esa mezcla especial de sagrado y trascendente que tanto serena el espíritu.
La replaza de la Ermita del Cristo es un balcón al valle y al alma, aquí toma cuerpo la afirmación: Soy tierra y espíritu; soy amor. La panorámica del entorno, desde la insondable belleza del paisaje, es como un canto de la naturaleza, a su Creador. El “Penyó”, desde la profundidad de la gruta del “Sumidors” se yergue como una águila vigilante dispuesta a iniciar su vuelo sobre el valle. El risco frente al ermitorio es como una espléndida oración hecha roca, una proclamación, un grito; una afirmación de la grandeza de Dios. Desde su capilla el Cristo, eterno paciente de nuestras miserias, nos escucha, y nosotros, con nuestras ansias de felicidad, nos repetimos ante Él generación tras generación. Allí le vamos a pedir que nos cure de alguna dolencia, que nos vaya bien una empresa, un matrimonio; que nos ayude a superar problemas y malos tiempos... A cambio, con actitud reverente encendemos, como queriendo dar cuerpo a nuestras plegarias, unas candelas, y después, de hecho el “trueque” bajamos al pueblo suspirando por nuestros “legítimos” deseos, abandonándolos a su voluntad. Con frecuencia, dejándonos llevar por la tradición, la costumbre, la devoción popular y por motivaciones piadosas, ocurre, que el Cristo real, presente y tangible que “acampa entre nosotros” en el sagrario se nos escapa como lugar de encuentro intimo con Él, desviándonos hacia su imagen querida y venerada de la Ermita. ¿?.
Declina la tarde tiñendo de contrastes: oro y sombras la sierra de la Solana que desde el camino, ya de regreso, semejan suaves dunas. La luz juega con nosotros en complicidad con el paisaje haciéndolo imprevisible y desconcertante. Los sonidos propios de la vida del pueblo aumentan y poco a poco nos hundimos en lo cotidiano del ser y vivir de un pueblo, mi pueblo: Vallada.
En dirección al “Campello”, apenas dejamos el amasijo de casas del pueblo apiñadas entorno al campanario, se nos abre el camino que lleva a la Ermita. En su inicio, como un apéndice del caserío urbano, además
de unos apriscos de ganado lanar, hay una antigua almazara y, en su soportal se puede leer impreso en unos azulejos: “Camino de la Verdad”; desconozco las motivaciones que impulsaron al autor de dicha frase a plasmarlas allí en el comienzo del camino, pero es presumible fuesen fruto de inquietudes filosóficas, lo cierto es que esta frase en el frontispicio de la almazara es como una insinuación a recrear el pensamiento, buscando lo que verdaderamente pudiera dar sentido a nuestras vidas. La ruta conduce a las ermitas, después de pasar bordeando el cementerio y mayor verdad que la misma vida y la muerte: nada.En su comienzo la calzada esta franqueada por grandes árboles que, como guardianes de la misma, té observan y te acogen en verano con el fresco abrazo de su sombra. A ambos lados, entre ellos, la blancura de las capillas del calvario contrasta con las distintas tonalidades de fondos verdes, guardando en su interior plasmados sobre azulejos, distintos momentos de la Pasión de Cristo, siendo el conjunto otra invitación a la meditación.
Dejado atrás el cementerio, comienza a abrirse
ante nosotros el entrañable rincón de la Ermita preñado de significados. Estos parajes tan emblemáticos son los que hacen que nuestra tierra nos hable, nos dé identidad y nos haga parte de ella. Este sentimiento lo comprendemos cuando en la lejanía los recuerdos nos llevan a estos lugares, haciéndonos revivir sensaciones profundas de respeto y veneración a lo nuestro, impresiones que, mezcladas con el vinculo de la tierra, de nuestros antepasados y de nuestra fe, dan el verdadero sentido a nuestro ser. Somos y seremos, lo que en la medida que valoremos, estimemos, y hagamos de nuestra vida encuentro de esas tres partes de nuestro yo: Tierra, familia y fe, a las que no podemos renunciar sin traicionarnos a nosotros mismos.La “Saladella” se vine a nosotros saliendo desde la profunda garganta del “Barranc del Pou”. En el puente, sobre ella, una mirada al entorno hacia las impresionantes moles pétreas, hace que te sientas insignificante. El “Penyó”, la “Penya del Águila”, la cima del “Castell”... es difícil escapar de la sensación de pequeñez, impotencia y abandono. Las montañas nos miran desde la experiencia de miles de años de existencia, nosotros las miramos a ellas desde la fragilidad de nuestra condición. Ellas: estáticas, frías, enormes; desafiando el tiempo y el espacio, aburridas de vernos trajinar generación tras generación del pueblo a la Ermita y de la Ermita al pueblo: cargados con nuestras vivencias, problemas, razonamientos; nuestras esperanzas, desengaños, triunfos y fracasos; a dialogar con el Señor, a orar ante Él de forma más personal y cercana y ahí, en ese deseo abierto a la esperanza, es en lo que superamos a las montañas, las vencemos; nos hace capaces de salir de nuestra mezquindad y enfrentarnos a ellas, invirtiendo los términos, ahora son ellas las que desde nuestra fe nos parecen insignificantes, porque, nosotros y nuestros antepasados somos capaces de superarlas incluso en el tiempo, pues, gracias a esa esperanza, nos prolongamos desde la fe a la eternidad. Las montañas, tan impresionantes y colosales, pierden su significado de grandeza para no ser ya nada; “la fe mueve montañas”, la fe vence a las montañas. El día del final habrán cumplido sobradamente la finalidad para la que fueron creadas: recrear nuestras miradas, sostener hábitats naturales y pregonar con su magnificencia la grandeza del que las creó, pero en ese momento, se hundirán en la nada.
La humilde cruz, apenas perceptible, sobre el vértice del “Penyó” es una buena alegoría para todo este razonamiento.
Las capillas siguen acompañándonos, con su alba presencia, en lo que ya es la empinada cuesta que nos conduce al ermitorio, y de nuevo se cruzan: el entorno descomunal de la naturaleza con la sencillez y humildad de las construcciones que, desde sus recogidas hornacinas, pregonan al caminante, para su reflexión, sugerentes llamadas de atención de los dramáticos momentos que precedieron la muerte de Cristo.
Ante nosotros se va asomando, de entre los cipreses, la encalada fachada de la ermita de San Sebastián. El ciprés es el árbol místico, insinúa nuestra trascendencia al apuntar al cielo con su afilado vértice vegetal, es serio, sufrido, vigía de soledades y silencios, quizás, por todo esto, tradicionalmente y de forma inconsciente hemos convenido en plantarlo en cementerios y ermitorios montañosos dedicados al culto, para que, como magníficos heraldos nos pregonen el que junto a ellos y alimentándose de ella, abunda la tierra venerada.
La espadaña, con su campana coronada por la veleta, destaca en lo alto de la fachada de la ermita. Cuando desde la umbrosa montaña que circunda las construcciones, de regreso de la “Replaceta de Dalt”, miramos hacía el ermitorio, es lo único que se ve; lo único que da seña de la existencia de la antiquísima capilla saliendo como catapultada de entre la fronda verde de los árboles. ¡Cuántos repiques y toques a oración habrán surgido de su bronce señalando con su sonido la vida religiosa de los primeros ermitaños!.
La placeta de la primera ermita, nos acoge extendiendo dos brazos de recatados pináculos en donde se recogen en sus frontis, sobre delicadas cerámicas, representaciones de los siete dolores de la Virgen María.
El suelo de la plaza es empedrado con un sinfín de menudos cantos que colocados con orden a su tamaño dibujan un pretendido baldosamiento que nos hace pensar en la relatividad del tiempo de las gentes que empedraron aquel suelo. Llegados allí, nuestra presencia se confunde con una extraña sensación de recogimiento, religiosidad... resulta fácil reconstruir mentalmente momentos de la vida de los primero frailes que habitaron el ermitorio: trajinando en las huertas, en el jardín, cuidando los olivos y algarrobos, atendiendo a los animales; celebrando sus momentos de oración: maitines, laúdes, vísperas, completas. Nos imaginamos como, al igual que el tañido de la campana, sus rezos y cantos surgirían desde la fronda boscosa del entorno hacía el valle produciendo irrepetibles ecos y entonaciones armónicas.
La primera capilla, se hunde en un tiempo lejano; mezcla de distintas facturas en su construcción y posteriores arreglos, está dedicada a San Sebastián, buen intercesor de los valladinos. El lugar tiene esa mezcla especial de sagrado y trascendente que tanto serena el espíritu.
La replaza de la Ermita del Cristo es un balcón al valle y al alma, aquí toma cuerpo la afirmación: Soy tierra y espíritu; soy amor. La panorámica del entorno, desde la insondable belleza del paisaje, es como un canto de la naturaleza, a su Creador. El “Penyó”, desde la profundidad de la gruta del “Sumidors” se yergue como una águila vigilante dispuesta a iniciar su vuelo sobre el valle. El risco frente al ermitorio es como una espléndida oración hecha roca, una proclamación, un grito; una afirmación de la grandeza de Dios. Desde su capilla el Cristo, eterno paciente de nuestras miserias, nos escucha, y nosotros, con nuestras ansias de felicidad, nos repetimos ante Él generación tras generación. Allí le vamos a pedir que nos cure de alguna dolencia, que nos vaya bien una empresa, un matrimonio; que nos ayude a superar problemas y malos tiempos... A cambio, con actitud reverente encendemos, como queriendo dar cuerpo a nuestras plegarias, unas candelas, y después, de hecho el “trueque” bajamos al pueblo suspirando por nuestros “legítimos” deseos, abandonándolos a su voluntad. Con frecuencia, dejándonos llevar por la tradición, la costumbre, la devoción popular y por motivaciones piadosas, ocurre, que el Cristo real, presente y tangible que “acampa entre nosotros” en el sagrario se nos escapa como lugar de encuentro intimo con Él, desviándonos hacia su imagen querida y venerada de la Ermita. ¿?.
Declina la tarde tiñendo de contrastes: oro y sombras la sierra de la Solana que desde el camino, ya de regreso, semejan suaves dunas. La luz juega con nosotros en complicidad con el paisaje haciéndolo imprevisible y desconcertante. Los sonidos propios de la vida del pueblo aumentan y poco a poco nos hundimos en lo cotidiano del ser y vivir de un pueblo, mi pueblo: Vallada.
El text em pareix exquisit. Sincerament crec que tens molt de talent literari, encara que no siga jo cap expert en literatura.
ResponderEliminarSi dels dos algú meriexera el sobrenom d'amic del llibre sens dubte eixe eres tu.
Des de este linees t'anime a continuar en la mateixa línea.